—En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San
Francisco me lo dijeron.

—Si lo sabes, amigo mío, ¿por qué me lo preguntas?

—Para saber si tú lo ignoras.

—Podría ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristián. Me entero por gusto de lo que se refiere á las personas que trato, aunque sea de pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.

—Que no se llama así.

—No, dijo fríamente Sorege, se llama Juana Baud, ó Baudier, y es francesa. ¿Estás contento, Tragomer?

En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristián apretó los puños de rabia. Su interlocutor parecía decirle: "¡Busca, desgraciado, que no encontrarás nada! No me cogerás en ningún renuncio. Hace una hora que te traigo y te llevo contándote mentiras para hacerte descubrir á Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad te vas á estrellar."

En este mismo momento Tragomer adquirió la certidumbre de que Jenny Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga. Era preciso descubrir debajo de Juana Baud á Lea Peralli. Porque la máscara con que la cubría Sorege era doble á no dudar. El conde había levantado la de Jenny y mostrado á Juana; no había nada más que esperar. Cristián, por otra parte, tenía un interés capital en no agriar sus relaciones con Sorege. Tomó, pues, un tono jovial y respondió:

—Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala cualidad.

—Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como palominos atontados… Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza sin divertirse en escoger los malos caminos.