—Puedes figurártelo. Allí nos indemnizamos cumplidamente de los embarazos que nos habías causado. Y ahora, á mi vez, ¿quieres explicarme qué furor te entró de espiar á aquella pobre Jenny como lo hiciste?

—¡Bah! ¡Esa es buena! La encontraba encantadora y observé que un personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber á qué atenerme y ver el partido que podría sacar. Prontamente me convencí.

Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.

—La cosa es muy sencilla… Hemos sido rivales durante veinticuatro horas. Á no ser por el diablo de mi suegro y de sus cow-boys de hijos, te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos, sobre todo de viaje.

Tragomer dejó pasar unos instantes y después, como si le acometiese de nuevo la curiosidad, preguntó:

—¿Dónde conociste á Jenny Hawkins!

—¡Ah! ¿eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conocí en Londres, en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar que llegaría á ser una estrella.

—¿No es italiana? preguntó bruscamente Tragomer.

Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que tradujo un poco su emoción:

—¿Por qué ha de ser italiana? ¿Porque canta en italiano? Todas las cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se aprende en veinte lecciones.