—¿Por qué?

—En el momento en que se cerró la puerta, tú dijiste en voz baja:
"¡Cuidado! ¡Tragomer!…"

Sorege frunció imperceptiblemente las cejas. Acaso se sentía algo rudamente apurado y empezaba á ponerse de mal humor. Con cierta sequedad respondió.

—¿Oíste? ¡Ladino! Tienes buen oído. Pues bien, sí, Jenny te conocía. Y de un modo muy sencillo. Yo te había visto desde mi localidad en cuanto entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el público y en descubrir á sus amigos, te había observado y visto que eras extranjero. En cuanto llegué á su cuarto me habló de tu yanqui y de su compañero. "Juraría que es francés" dijo.—Y parisiense, respondí—¿Sabes quién es?—Cáspita, es mi mejor amigo—Tráemele—Tú bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llamó tonto. Yo no podía contarle que si no quería ser visto con ella era porque me iba á casar y salí del paso fingiendo una escena de celos. Por eso, cuando entraste me apresuré á cerrar la puerta diciendo como advertencia tu nombre y como amenaza ¡cuidado!

Tragomer no discutió aquel relato un poco largo. Tenía prisa por esclarecer los hechos en su conjunto.

—Entonces eras tú el que venía con ella en coche después de la representación?

—Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparición repentina en el momento en que me disponía á bajar del coche. Íbamos á cenar juntos.

—¿Y os separásteis allí, sin volver á veros?

—¡Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste á entrar en el hotel, volvió á salir Jenny y fué á reunirse conmigo en el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos á Golden House. Justamente al salir de allí, á las dos de la mañana, Jenny cogió frió y una ronquera que le obligó á suspender la representación y á marchar á Chicago.

—¿Marchaste con ella?