—¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuarto de una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.

—¿Por qué?

Sorege se sentó á horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable tranquilidad á Tragomer, que, estupefacto, se había sentado al lado suyo:

—Figúrate tú que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la casualidad me hizo encontrar á una antigua amiga á la que no había visto en tres ó cuatro años y que estaba corriendo el mundo en busca de fortuna…

—¿Jenny Hawkins?

—La misma. No he de andar en hipocresías contigo. Hacía dos meses que mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me resultaba monótono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la ocasión, la primavera… Salí de toda aquella cuaresma americana con una buena cena á la europea…

—¿Estabas entonces en el cuarto cuando yo entré?

—Estaba allí cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes figurarte que no me dí prisa á mostrarme. Tú me hubieras abrazado; mi presentación á tus indígenas era inevitable; éstos hubieran hablado de nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba á picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajón era para mí un serio contratiempo… Preferí, pues, suprimir el abrazo… ¿Me guardas rencor?

Tragomer se había repuesto y estaba reflexionando. La explicación de Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosímil, pero aquel relato, para un espíritu tan prevenido como el de Cristián, adolecía de exceso de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba la preocupación de engañar. Tragomer quiso llevar hasta el último extremo á aquel admirable actor y obligarle á mostrar todos tus recursos.

—No te guardo rencor, puesto que tuviste interés en obrar de ese modo.
¿Pero me conocía también Jenny Hawkins?