—Sí, una persona encantadora, miss Harvey… ¿La conoces?

—No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.

—Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculatura y tu aspecto de vigor… Estos primitivos de América tienen un culto por la fuerza…

Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba las entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada acusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca, que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á su interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono amenazador:

—Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Sorege no levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantó lentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como si quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:

—No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.

Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente atacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, ó aparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su adversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba. Cristián tuvo muy pronto la prueba. Sorege abrió los ojos por completo, mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echó francamente á reír.

—¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías mucho en San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello…

Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Sorege sino que salía al encuentro de las explicaciones.

—¿Me viste, acaso?