Tragomer se echó á reir y dijo:
—Gracias, señora.
—No hay de qué.
La buena mujer continuó frotando su cacharro y Tragomer oyó que gruñía:
—Más comienchos con mucho gabán de pieles y sin un céntimo en el bolsillo.
—Mi querido amigo, dijo Marenval mientras subía la húmeda y mal oliente escalera, esa mujer nos ha tomado por un galán joven y un barba que buscan contrata, y hasta nos ha expresado su desdén con frases poco correctas…
—Tiene usted que acorazarse contra todas estas impresiones, Marenval.
Nos veremos en muchos casos semejantes.
—No me quejo, amigo mío; lo hago constar. Por otra parte el hecho no me molesta lo más mínimo.
Tragomer se detuvo en el segundo al oir en el piso de arriba violentos gritos.
—Oigo chillar, como dice la señora del perol; señal de que nos aproximamos.