Subieron otro tramo empinado como una escala.

—¡Uf! exclamó Marenval. Este es un tercero que vale por dos. Déjeme usted tomar aliento, Tragomer; usted trepa como una ardilla…

Se detuvieron delante de una puerta en la cual se leían estas inscripciones en letras negras: Campistrón agente dramático. Lecciones de declamación y canto. Nuevo Método; y en un papel pegado con cuatro obleas, esta advertencia manuscrita: ¡Llamad fuerte! La recomendación no era inútil, porque en las profundidades del departamento se estaba desencadenando una tempestad de gritos cavernosos, como si se practicara una operación quirúrgica muy dolorosa á un paciente bien despierto.

—Vamos á ver; estamos en la puerta de la izquierda, la de las lecciones, dijo Tragomer; hay, pues, que llamar á la de la derecha, la de los ajustes.

En este lado las inscripciones decían: Agencia Campistrón. Contratas.
Informes. Representaciones de todas clases. De 10 á 5. E.L.P.

—E.L.P., dijo Marenval; esto quiero decir: empujad la puerta.

Así lo hicieron y al abrirse la puerta apareció ante su vista una pieza triste, empapelada con un papel ajado y dividida en dos mitades por una balaustrada de madera. Detrás de la balaustrada estaban escribiendo dos empleados de lastimoso aspecto y en la primera parte de la habitación esperaban algunos hombres y algunas mujeres sentados en vetustas banquetas. Uno de los empleados levantó la cabeza, dejó la pluma, miro á los dos visitantes y reconociendo en ellos unos clientes poco comunes, se levantó de su asiento y dijo:

—¿Qué desean ustedes, señores?

—Hablar al señor Campistrón, respondió Tragomer.

—Está ocupado en este momento, pero si ustedes quieren hablar con la señora…