Marenval y Tragomer se consultaron con la vista.

—No hay inconveniente, respondió Marenval.

El empleado abrió una puerta practicada en la balaustrada y salió á la antesala. Llamó á una puerta y entró con aire misterioso. Al cabo de un instante salió y dijo:

—¿Quieren ustedes seguirme?

Las personas que esperaban en las banquetas, hacía mucho tiempo sin duda y acaso con poca esperanza, produjeron un murmullo de protesta contra aquella preferencia otorgada ante su vista.

—¡Siempre pasa lo mismo! Estaremos de plantón hasta que se cierre y nos dirán que volvamos mañana… Campistrón no era tan orgulloso cuando cantaba conmigo la Favorita en Perpiñán…

Marenval y Tragomer no oyeron más; estaban en un gabinete severamente amueblado de reps verde, donde sentada detrás de una mesa de despacho, una mujer regordeta y demasiado rubia acababa de firmar una contrata con una guapa muchacha muy pintada y que olía fuertemente á almizcle. La señora de Campistrón dijo á los visitantes indicándoles un sofá:

—Siéntense, señores; soy con ustedes. Después dijo á la joven:

—Aquí tiene usted. Partirá usted mañana y empezará á trabajar la semana que viene. Tendrá usted cien francos el primer mes y ciento cincuenta el segundo…

—Está convenido, mi querida señora de Campistrón… ¿Es Rouen una población de recursos?