—Ciudad de guarnición, hija mía, célebre por su riqueza y su buen gusto artístico… Los hombres son allí un poco zorros, pero serios; se puede contar con ellos… En cuanto al público, es como la sidra del país, tan pronto dulce como agria… Eso depende de los años. ¡Buen viaje, amiguita, y que sea usted exacta en los pagos.

La muchacha dirigió á Tragomer una viva ojeada y una graciosa sonrisa á Marenval, y doblando su contrata se la metió en el pecho, no sin enseñar como al descuido la batista de la camisa, y se marchó dejando la atmósfera saturada de perfumes. La señora de Campistrón se sentó al lado de los visitantes.

—¿En qué puedo servir á ustedes, señores? dijo en tono insinuante.

—Dispénsenos usted, señora, contestó Tragomer; el paso que nos atrevemos á dar cerca de usted es bastante delicado. El señor y yo buscamos á una cantante que anda corriendo el mundo en una compañía lírica, y hemos tenido la idea de dirigirnos al señor Campistrón, que según se nos ha dicho, no tiene rival en esta clase de informes, á fin de saber dónde puede encontrarse ahora esa compañía.

—No han contado ustedes en vano con nuestra competencia en este ramo, señores, dijo con énfasis la agente consorte, y mucho me sorprendería el no poder informarles exactamente. Tenemos aquí el repertorio y el itinerario de todas las compañías que se forman en París ó en Londres, y las familias de los artistas vienen con frecuencia á preguntarnos á dónde deben dirigirles las cartas. ¿De qué compañía se trata?

—De la de Novelli.

—¡Ah! ¿Novelli? continuó la buena señora con cura desdeñosa. ¡Una vocecilla blanca!… Un buen tenor para los que gustan de ese tipo de voz… Eso no tiene éxito en Francia. Aquí hace falta timbre… Y el timbre no se adquiere emitiendo la voz por la nariz… Si Campistrón estuviese aquí, él les explicaría su método… Para saber dar timbre no hay como Campistrón… Pero ustedes dispensen… ¿Cómo se llama la persona que les interesa?

—Miss Jenny Hawkins.

Al oir este nombre la cara de la señora de Campistrón cambió repentinamente, sus mejillas se hincharon, su barbilla se hizo saliente, sus cejas pintadas su juntaron, marcando en su frente una barrera fomidable, dió una fuerte palmada y dijo con voz amarga:

—¡Ah! ¡Jenny Hawkins! ¡Hacía mucho tiempo que no oía hablar de tal persona! ¡Jenny Hawkins! Me alegro de que no esté aquí Campistrón, porque hubiera tenido una impresión dolorosa…