—¿Cómo así, señora?
—Campistrón ha tenido grandes disgustos con la artista de que se trata… Pero, dispénsenme ustedes, eso importa poco… Sin duda uno de estos señores se interesa por Jenny…
—No, por cierto, señora, respondió Tragomer, que veía contrariado que aquella mujer terminaba las confidencias apenas empezadas. Se trata, sencillamente, de un asunto de herencia.
—¿Hereda? exclamó la gruesa rubia con acento de indignación. ¿Va á heredar? No hay como esas muchachuelas para tener una suerte semejante… ¡Oh! Voy á llamar á Campistrón. ¿Permiten ustedes?
Cogió un tubo acústico, sopló fuertemente y dijo en el portavoz:
—Campistrón, ven en seguida. Hay aquí unos señores que te van á contar cosas curiosas…
Aplicó el aparato al oído, escuchó y dijo con vivacidad:
—Deja ese imbécil á tu ayudante y ven. Te digo que vale la pena. Que haga escalas mientras te espera.
Unos pasos pesados resonaron en la pieza inmediata, se oyó una voz sonora y el moreno, barbudo y bigotudo Campistrón entró con noble ademán, se inclinó sonriendo, con la mano en el pecho, como un cantante que sale á recibir los aplausos, y dijo modulando la voz como si cantara:
—Servidor de ustedes, señores. ¿De qué se trata?