—¡Ah! Prepárate á desmayarte, Campistrón, contestó la gruesa rubia.
Estos señores buscan á Jenny Hawkins para una herencia.
Campistrón adoptó la actitud de Hipócrates rehusando los presentes de Artajerjes. Cerró los ojos, volvió la cabeza y extendió los brazos, como si la herencia fuese para él, y respondió en el registro grave:
—¡Esperaba no oir hablar más de aquella ingrata!
—¿Ven ustedes, señores? ¿Qué es lo que yo les decía? Campistrón, domínate; se trata de responder á estos señores. Quieren saber dónde está la compañía de Novelli.
—¡Novelli! ¡Novelli! dijo desdeñosamente el antiguo tenor. Sí, por cantar con ese polichinela napolitano me dejó Jenny. ¡Una muchacha que yo hubiera colocado en la Ópera si hubiera querido escucharme! Pero no; se empeñó en cantar de pecho… ¡Ella, cantar de pecho! ¡Horror! Pues bien, no, señores, á despecho de todo, mi enseñanza hizo su efecto. Á pesar de Novelli y de la escuela italiana, esa mujer canta de vientre…
¿Fué con el pecho ó con el vientre con lo que habló Campistrón? Marenval y Tragomer no pudieron saberlo; ello fué que se estremecieron y que los vidrios temblaron al formidable rugido que salió de la boca del tenor. Pero Campistrón se calmó pronto. Sus momentos de cólera eran teatrales y no duraban sino el tiempo de producir efecto. Se pasó la mano por la frente, sonrió y dijo:
—Por lo demás, señores, no se llama Jenny Hawkins, sino Juana Baud. He conocido mucho á su madre…
La señora de Campistrón se enfadó y repuso con una acritud que impresionó á su altisonante esposo:
—¡Mira! Habla de la hija, pero no de la madre. ¡Bastantes disgustos he tenido con la tal mujer, que tanto te persiguió! Pues la hija no te miraba con malos ojos… Señores, este hombre ha sido magnífico; lo es todavía. Y todas las mujeres, sí, todas, estaban con él como locas… habla, pues, á estos señores y no cuentes tus historias…
Campistrón abrió un libro y dijo, golpeando en las hojas con la palma de la mano: