—Segurísimo; en el mes de agosto trabajaba todavía conmigo… Mi señora puede decirlo y nuestro acompañante puede atestiguarlo… Toda la casa lo afirmará… ¿Pero con qué objeto?

—Nadie sabe lo que puede ocurrir, dijo gravemente Marenval. Conviene que tengamos certeza sobre ese punto…

—Pues bien, señores, hay más. Ella, que pagaba con mucha exactitud las lecciones, se marchó sin satisfacer las del último mes. No le acuso por ello, dijo Campistrón con nobleza; los artistas no somos mercaderes… Trabajamos de buena gana por la gloria… Hago constar solamente el hecho. He escrito á la interesada para reprocharle el haberse marchado sin advertírmelo, sin decirme adiós… Ni siquiera me ha respondido… Y no era que quisiera tener un autógrafo suyo… Poseo aquí más de veinte cartas.

—¿Podría usted enseñarnos una?

—Declaren ustedes antes, señores, que no quieren abusar de esa carta para hacer daño á una mujer, dijo Campistrón con acento de dignidad, poniéndose una mano sobre el corazón. Juana Baud ha sido muy amada… ¡Era tan hermosa! ¿Pueden ustedes darme su palabra de que no hay celos de por medio?

—Se la doy á usted, dijo Tragomer, por el señor y por mí.

—Entonces, señores, voy á complacerles… Mujer, busca en la taquilla la letra B… Aquí todo es administrativo; de otro modo no nos entenderíamos.

La señora de Campistrón abrió un mueble y se puso á buscar los papeles.
Tragomer, deseoso de completar sus noticias, continuó:

—Ha dicho usted, señor Campistrón, que Juana Baud era muy hermosa…
¿Tiene usted, por casualidad, algún retrato suyo?

—Su fotografía, con una dedicatoria llena de efusión… Mujer, tráela.