—Aquí está, dijo la señora de Campistrón.

Y entregó á su marido una tarjeta álbum que el cantante contempló con satisfacción y con rabia al mismo tiempo.

—Sí, hela aquí… ¡Es la ingrata! Se puede decir, señores, que el cielo le ha dotado de sus más preciosos dones, la estatura, el andar, la expresión… ¡Oh! la expresión… Pero juzguen ustedes mismos.

Entregó el retrato á Tragomer, que le cogió con verdadera ansiedad. Vaciló antes de mirarle; una ojeada iba á decidirlo todo. Si la fotografía representaba á Jenny Hawkins, tal como la había visto en San Francisco, la partida se perdía y habría que creer en una semejanza sorprendente entre la cantante y Lea Peralli. Pero si no era Jenny… Miró de repente el retrato y lanzó un grito:

—¡No es Jenny Hawkins!

—¡Vamos, caballero, dijo Campistrón con una sonrisa de condescendencia, usted bromea! Es Juana Baud, y como Juana Baud es Jenny Hawkins, no puede haber error.

Tragomer no respondió, abstraído en mirar el retrato, que representaba una hermosa joven morena, de alta estatura, admirablemente formada, desnudos los brazos, escotada y sonriendo con expresión soñadora. Ni un rasgo de la mujer del teatro de San Francisco. Había pues, á no dudar, error de persona. Si Jenny Hawkins era Juana Baud, existía una sustitución de estado civil y Lea Peralli vivía con un nombre que no era el suyo. Pero, entonces, ¿quién era la muerta?

Aquí Tragomer se estrellaba contra realidades abrumadoras. La mujer asesinada en la calle Marbeuf era Lea Peralli. Todo el mundo la reconoció y el mismo Jacobo no puso en duda su identidad. Á falta de la cara, enteramente desfigurada por los tiros, su alta estatura, su magnífica cabellera rubia, los vestidos que tenía puestos, las sortijas encontradas en sus dedos, todo, en fin, atestiguaba que la mujer muerta era, en efecto, la querida de Jacobo. Y sin embargo, no era ella, puesto que ahora Tragomer, después de haber sospechado que vivía, estaba cierto de que llevaba un nombre distinto del suyo.

Miró de nuevo la fotografía. Juana Baud era tan morena como rubia Lea Peralli, pero la estatura era la misma y tenía los mismos dientes deslumbradores en una boca encantadora. Tragomer recordaba que lo único que se podía reconocer en la cara destruída de la muerta era una boca que dibujaba con sus blancos dientes una sonrisa siniestra. Juana Baud tenía la misma boca que Lea Peralli.

—¿Quiere usted, dijo Tragomer, confiarme esta fotografía? Me haría usted un buen servicio. Me comprometo á devolvérsela á usted antes de dos días. Y para que usted sepa con quién está hablando, aquí tiene mi tarjeta…