Campistrón echó una ojeada á la tarjeta que le ofrecía Tragomer y se inclinó con mucha deferencia.
—Estoy á las órdenes del señor vizconde… ¿Será, sin duda, para enseñar el retrato al notario de la testamentaría?
—Precisamente, señor Campistrón. Unos amigos míos están interesados en esta liquidación, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la identidad de los herederos, y de aquí la utilidad del retrato y de la escritura de Juana.
—Ya comprendo.
—La señorita Hawkins ¿era de carácter agradable?
—¡Ella! exclamó la señora de Campistrón al mismo tiempo que su marido; no me hable usted. ¡La violencia misma! ¡Una pólvora! ¡Y qué ligera de manos!
—¡Mujer!… interrumpió el tenor.
—¡Déjame! Todo el mundo la conoce… ¡Pues y el lenguaje! Ni las verduleras del mercado cuando disputan… Es verdad que no ha sido educada por ninguna duquesa. La madre de Juana… Sí, Campistrón, aunque me eches esas miradas terribles; la madre era cualquier cosa, y la hija tenía á quien parecerse. Un día dió aquí de bofetadas á Bonnand el tenor, porque no quería apresurar el movimiento en el dúo de Carmen… Ningún hombre ha podido nunca tenerla á su lado, tan mala y tan viciosa era, y… en fin, caballero, á nadie le gusta tener por amiga una individua que persigue á los hombres y á las mujeres á la vez.
—¡Bueno! exclamó Campistrón; ya estás contenta. Ya has vaciado toda tu hiel sobre esa pobre muchacha… Sí, señores, no era precisamente un modelo de virtud, pero tenía una voz soberbia, antes de caer en poder de Novelli…
—Dispense usted, interrumpió Tragomer: ¿la conocía Novelli antes de encontrarla en Inglaterra?