—Con mucho gusto, señor vizconde, con mucho gusto. Las personas como usted están seguras de ser recibidas aquí con toda deferencia. Si podemos serles útiles en nuestra modesta especialidad, ponemos en ello todo nuestro esmero… Espectáculos de salón, revistas, pantomimas, canciones… todo lo que divierte é interesa al espíritu… Pero permítanme que les entregue unos prospectos de la casa…
Marenval y Tragomer salieron con las manos llenas de papeles y llevándose la fotografía. Campistrón les acompañó hasta el descansillo de la escalera con mil muestras de obsequiosa política, mientras que el discípulo cuya lección había sido interrumpida por la visita se desgañitaba haciendo escalas. Bajaron la mal oliente y húmeda escalera y vieron de nuevo á la portera, que ahora estaba mondando cebollas y que los siguió con una mirada desdeñosa hasta la puerta de la calle.
—¡Y bien! Tragomer, dijo Marenval, ¿quiere usted tener la bondad de explicarme qué significa la conversación que ha tenido usted con esa gorda tan pintada y con su ridículo esposo? Porque, por mi honor, no comprendo ni una palabra.
—Alégrese usted, Marenval, dijo Cristián; nuestra averiguación ha dado un paso inmenso. Á esta hora tengo la prueba de que Jenny Hawkins no es la mujer que se cree. Ahora es preciso que hablemos con un magistrado, pues entramos en la fase más complicada del asunto.
—Entonces, ¿qué va á pasar aquí?
—Algo muy interesante, Marenval. Vamos á luchar paso á paso contra el error en beneficio de la verdad… Ayer, estábamos expuestos á rompernos el cráneo; hoy marchamos hacia un fin visible. Toda la cuestión consiste en convencerse de que Juana Baud no es Jenny Hawkins, y tengo la prueba en el bolsillo. Esta fotografía con la firma de la discípula de Campistrón, prueba hasta la evidencia la sustitución de personas. Y ahora será preciso que la Hawkins nos esplique por qué no tiene las facciones de Juana Baud, sino las de una persona que se supone haber sido muerta hace dos años, precisamente en el momento en que Juana Baud se alejaba de Inglaterra, cambiaba de nombre, se ocultaba de todos los que pudieran conocerla y se creaba una personalidad enteramente nueva. ¿Comprende usted ahora, Marenval?
—Empiezo á comprender. Pero, querido amigo, ¿vamos á echarnos á perseguir á Jenny Hawkins? La empresa podría llevarnos lejos si la moza está recorriendo el mundo.
—Tranquilícese usted. No se trata, por ahora, de viajar. Eso vendrá, acaso, más tarde. Jenny Hawkins tiene que venir á Londres y no puede escapársenos. No se falta á los contratos con un teatro inglés sin pagar una indemnización formidable… Así pues, vendrá, y allí podremos hacer lo necesario. La temporada de Londres no creo que asustará á usted.
—Al contrario. Si no hay más que pasar el estrecho será para mí un placer.
Llegaron en este momento al boulevard Magenta, donde habían tomado la precaución de dejar el coche, y Tragomer dijo á Marenval: