—Mi querido vizconde, y usted, primo, sean bien venidos. ¿Qué buen viento les traer?

—Venimos á hablar al magistrado, dijo Marenval gravemente.

—No esperéis, sin embargo, que vaya á ponerme la toga, dijo el juez riendo. Vénganse á mi gabinete y allí estaremos más cómodos.

Les condujo á la pieza de que acababa de salir y les dijo indicándoles dos butacas:

—Siéntense ustedes. Vamos á ver; ¿han cometido ustedes algún crimen?

—¡No! Tranquilice usted su conciencia, contestó Tragomer, no venimos á implorar por nosotros mismos. Se trata de un desgraciado por cuya suerte nos interesamos.

El magistrado se puso serio. Su cara, á la que daban expresión una barba ya plateada por algunas canas y unos ojos reflexivos, tomó un aire de atención.

—Escucho á ustedes, dijo.

—Ante todo, mi querido amigo; ¿se acuerda usted en sus líneas principales, á bulto, del proceso de Jacobo de Freneuse?

—No sólo me acuerdo de las grandes líneas, sino de todos los detalles, dijo Vesín. Verán ustedes por qué. Mi colega Fremart, que estaba de servicio en la Audiencia y debía ocupar el sitio del ministerio público en ese asunto, se puso enfermo, y el jefe me encargó de estudiar los negocios de la quincena de modo que pudiera suplir á Fremart si no podía asistir á las vistas. De este modo tuve entre manos la causa Freneuse. La estudié con mucho interés, porque, como todo el mundo, había encontrado á ese joven en sociedad y su familia me inspiraba vivas simpatías. No lo conocía con bastante intimidad para recusarme, pero sí para formar un serio empeño en poner en claro aquella conmovedora aventura. No tuve ocasión de tomar la palabra y me alegré, pues hubiera sido penoso para mí acusar á aquel joven y lo hubiera hecho sin indulgencia alguna, pues estaba convencido de su culpa.