—¡Ah! dijo Tragomer; usted encontró en la causa la prueba de la culpabilidad de Freneuse…

—Terminante, amigo mío; menos la confesión del culpable, no era posible tener pruebas más completas.

—¿Entonces, usted no pone en duda que fué condenado justamente?

—Ni lo dudo ni puedo dudarlo. Tendría que estar loco para decir lo contrario. Fremart, con el que hablé del asunto, era de la misma opinión y el Fiscal del supremo también. Solamente por una concesión sentimental del Jurado, hecha al buen aspecto del acusada, á sus protestas, á sus lágrimas, á la admirable dignidad de la declaración de su madre y á la respetabilidad de la familia, ese pobre diablo logró salvar la cabeza. Sin eso, se iba á una sentencia de muerte, y el tribunal tenía una convicción tan cerrada, que no hubiera rebajado la pena.

—Pues bien, amigo mío, dijo Tragomer; hoy lo deploraría doblemente, lo que es un argumento muy serio contra la pena de muerte. El tribunal hubiera enviado al cadalso un inocente.

—¡Vamos! ¡Vamos! Tragomer, dijo el magistrado con sonrisa burlona; no hablemos de ligero. Es fácil declarar que un condenado es inocente, pero es menos cómodo probar que no es culpable.

—Eso es, sin embargo, lo que intentamos Marenval y yo.

Pedro Vesín miró con curiosidad á sus interlocutores, se puso serio y dijo:

—¿Ustedes? Dos hombres de sociedad, sin conocer nada del procedimiento y seguramente muy sinceros y extraños á toda intriga. ¿Y por qué tal resolución? ¿En nombre de quién? ¿Con qué interés?

Marenval tomó la palabra y dijo muy sencillamente: