—En nombre de la humanidad y en interés de la justicia.
El magistrado conocía á los hombres y sobre todo á Marenval. Le había tenido siempre por una inteligencia mediana, nula en lo que no fuera su comercio, muy vulgar y más preocupado de gozar de su gran fortuna que de procurarse honores. Le había visto alejarse de la familia Freneuse en el momento en que más debía acercarse á ella y esta falta de heroísmo del antiguo fabricante de pastas, no había modificado su opinión sobre la generosidad humana. Así pues, al oirle hablar tan resuelta y noblemente aguzó el oído. Para que Marenval fuese afirmativo hasta ese punto, era preciso que su nueva convicción tuviese una base seria.
—¿Creen ustedes, pues, en un error judicial? dijo observando con cuidado á sus amigos.
—Creemos en ese error. La familia no ha cesado jamás de creer en él y el condenado ha protestado siempre su inocencia.
—Siempre ó casi siempre sucede lo mismo. Nos pasaríamos la vida revisando procesos si hiciéramos caso de las reclamaciones de los parientes y de las protestas de los interesados. Son raros los que confiesan y os vais á asombrar cuando os diga que ha habido procesados que se confesaban culpables y no lo eran. Pero esta es una excepción de las que, según la lógica, confirman la regla general.
—Convendrá usted, sin embargo, dijo Tragomer, que resultaría extraordinario que un hombre fuese condenado por la muerte de una mujer si esta mujer estaba viva.
Esta vez la incredulidad del magistrado se manifestó sin reserva. Hizo un gesto de conmiseración y respondió muy despacio:
—Amigo mío, no caigamos en las complicaciones novelescas. ¿Como quiere usted hacer admitir á un perro viejo de los tribunales, como yo, que un juez de instrucción haya podido enviar á la Audiencia un procesado si no se hubiera cometido un crimen? ¿Olvida usted que he visto la causa, el acta de defunción, la diligencia de confrontación, el interrogatorio del acusado, que no negó estar en presencia del cadáver de su querida, y, en fin, todo, todo… ¡Vamos á ver! No somos niños y no debemos decir chiquilladas…
—Todo eso cae por tierra con una sola palabra, dijo Tragomer. Se ha condenado á Jacobo la Freneuse por haber matado á Lea Peralli, y Lea Peralli vive.
—¿Usted la ha visto? preguntó el magistrado con acento burlón.