—Y la he hablado.
—¡Oh¡ ¿Cuándo?
—Hace tres meses, próximamente.
—¿Dónde?
—En San Francisco.
—¿Y ella ha declarado ser Lea Peralli?
—No, por cierto. Ha hecho algo más; ha huído para sustraerse á mis investigaciones. Si se hubiera quedado hubiera yo vacilado acaso, pero se esquivó, lo que es para mí la prueba más concluyente.
—Ha sido usted engañado por un parecido.
—¡No! ¡no! Era ella. El cuidado que ha tenido de cambiar de nombre, de disfrazar la voz, de no hablar en francés, de volver á dar á su pelo el color natural ó de ponerse una peluca y, en fin, el espanto que experimentó á mi vista y que la puso en fuga… ¡Era ella!
—¿Y quién diablos era entonces la pobre mujer que se encontró muerta y que está enterrada en su lugar?