—Algún día se lo diré á usted. Ahora no lo sé.

—¡Ah! He aquí el lado flaco, exclamó el magistrado. Así sucede siempre. En todos estos asuntos de reivindicación de inocencia hay siempre un punto en que todo se viene abajo y en que se manifiesta la inverosimilitud de la tesis. Véase el asunto Lesurques. ¡Cuántos esfuerzos por obtener su rehabilitación! Todavía hay gentes que creen en la duplicidad de la persona de Lesurques. La familia ó lo que queda de ella, pues todo esto es muy antiguo, asegura la inocencia del condenado, se discute, se estudia, se aducen pruebas, todo va bien hasta el momento en que se encuentra en Lieusaint la espuela de plata de Lesurques, y entonces ¡pataplún! todo se derrumba. ¡Adiós las pruebas serias! Se cae en el melodrama, en el que basta enternecer para ganar la partida. Construirán ustedes un edificio que llegará hasta cierta altura, pero una base falsa le hará venirse al suelo.

—¡Es usted terriblemente escéptico, dijo Marenval impresionado.

—Es mi oficio, replicó Vesín. Los hombres de justicia no podemos tragar todo lo que se nos presenta. ¡Buena la haríamos si nos diera por creer ciegamente lo que nos cuentan! La mentira es la esencia misma de la humanidad. ¿Creen ustedes que se hace jurar sin objeto á los testigos que dirán la verdad, bajo pena de trabajos forzados? Pues se sabe bien que, aun así, no dicen más que lo que quieren ó lo que pueden. Hay que tomar y dejar. Unos son imbéciles, otros mal intencionados. En cuanto á los niños, hay que temerlos, pues son presa de una especie de histerismo inventivo que les hace contar historias, las más veces falsas. Por eso hay que desconfiar también. Para un magistrado, el escepticismo es el principio de la sabiduría.

—Pero, en fin, ¿admite usted que la justicia pueda engañarse?

—Lo admito entre nosotros, en la intimidad, dijo Vesín riéndose; pero en público no lo admitiría de ningún modo. Sé que se representa á la justicia con una benda en los ojos, pero ese disfraz es un accesorio que no tiene valor más que para los poetas. La justicia, que es, en suma, un poder arbitrario, debe ser inmutable é infalible, pues de no ser así no sería posible aceptarlo. Y si el respeto á la justicia no fuese la piedra angular de la sociedad iríamos á parar en la anarquía. Por eso es imposible admitir que la justicia se engañe. El litigante que sucumbe después de agotar todos los medios del procedimiento, tiene veinticuatro horas para maldecir á los jueces; después debe someterse. El condenado cuyo recurso de casación ha sido desestimado, no tiene más que inclinarse bajo el peso de la sentencia. Esta es la opinión del magistrado, que no puede tener otra. Así se explicarán ustedes las resistencias que la administración opone siempre á toda demanda de revisión en el orden penal. Todo error, por raro que sea, es una grieta peligrosa en el edificio judicial. La ley ha adoptado muchas y minuciosas precauciones. Una demanda de revisión pasa por una red en la que debe necesariamente quedarse enredada si no es sólida como el acero. Y cuando sale, es después de unos plazos y en condiciones tales que equivalen á no conceder nada. Aun la legislación actual es mucho más liberal que la antigua. Antes no había revisión más que en el caso de que otro procesado fuese condenado, por el mismo crimen y por otra sentencia; y aun, si se reconocía la inocencia de un condenado, era preciso indultarle. No había otro medio de hacerle salir de presidio.

—¡Pero eso era monstruoso! exclamó Marenval. ¡Cómo! Un desgraciado, perseguido injustamente, que ha sufrido la angustia de la detención, de la cárcel, del juicio, y que ha cumplido una parte de la pena, ¿no puede ser objeto más que de una medida de clemencia y no de un acto de justicia?

—Algo es algo. Hoy, basta un hecho nuevo que pueda establecer la inocencia del sentenciado para que se pueda pedir la revisión. En el asunto que nos ocupa, el hecho nuevo sería la existencia de Lea Peralli.

—¿No es suficiente?

—Lo sería si estuviera probado. ¿Pero cómo lo probarán ustedes? Su declaración no será apoyada por nada ni tendrá más valor que el de una opinión, que comparada con todos los testimonios y todas las pruebas del proceso, será de un peso muy escaso. Me piden ustedes mi opinión y se la doy. Es poco halagüeña, pero debo ser sincero.