—Puede usted decirlo todo y con entera franqueza, dijo Tragomer. Mi convicción es sólida y no cambiará. Marenval y yo podremos modificar nuestro plan para llegar al fin que nos proponemos, pero nada nos hará desistir. ¡No habría ya descanso para nosotros si abandonásemos á ese desgraciado sabiendo que es inocente.

—Veo á ustedes animados de las más nobles intenciones, pero, permítanme que lo diga, las más aventuradas. La convicción de ustedes, basada en la semejanza de una mujer viva con la víctima de Freneuse, es muy frágil, pues no se funda más que en razones de sentimiento; el dolor de la familia, las protestas del condenado, Pero ustedes olvidan que cuando Freneuse fué preso, se preparaba á marcharse al extranjero. Tenía consigo cuarenta mil francos cuya procedencia no pudo explicar. Estaba notoriamente arruinado, acribillado de deudas, y había pagado el día anterior sesenta mil francos á la caja del círculo, del que le iban á expulsar. Y, coincidencia extraña, las alhajas de Lea Peralli, conocidas por su gran valor, habían desaparecido. Se hicieron pesquisas y se adquirió la prueba de que habían sido empeñadas en el Monte de Piedad en cien mil francos. Estuvieron empeñadas dos días y al siguiente fueron rescatadas por una señora que se cubría la cara y, muy probablemente, por cuenta de uno de esos compradores de papeletas que pululan por París. Freneuse reconoció que había empeñado los brillantes entregados voluntariamente por su querida, pero niega la venta de las papeletas y pretende haberlas entregado á Lea Peralli con un pagaré de cien mil francos, que según él, hubiera recogido su familia, lo que hacía desaparecer su deuda con aquella muchacha. Ahora bien, el pagaré fué presentado al vencimiento y remontando de firma en firma hasta el primer endosante, ¿qué se encuentra? Á Jacobo la Freneuse! Es, pues, evidente que recobró el billete después del crimen, y hasta es probable que sólo le cometiera para apoderarse de ese documento. Y él le puso en circulación al día siguiente, pues, notadlo bien, entre el descubrimiento del crimen y la detención de Jacobo, pasó un día. ¿Y tratan ustedes de poner en movimiento toda la máquina judicial bajo la fe de un parecido más ó menos cierto? ¡Qué locura! Desde los primeros pasos tropezarán con dificultades morales y con imposibilidades materiales tan serias, que tendrán que detenerse.

—Si quisiera discutir, respondió Tragomer, lo haría acaso con más facilidad de lo que usted cree. Pero ¿para qué? No haríamos más que cambiar vanas palabras. Aunque yo le adujese argumentos aceptables, usted no los aceptaría. Lo que hace falta es traer la prueba de que Lea Peralli existe. Lo importante es anunciar á Jacobo que la que creía muerta está viva. Porque observe usted que él la cree muerta bajo la fe de vuestras afirmaciones. El procesado no dudó de vuestras pruebas. Le enseñaron una mujer desfigurada que tenía la estatura, el pelo, los vestidos y las sortijas de Lea Peralli, y aterrado por la angustia, cegado por el dolor, dirigió apenas una mirada de espanto á la víctima extendida en la horrible losa del depósito de cadáveres. Volvió la cabeza y asintió á todo lo que se le afirmaba. ¿Cómo podía negar la evidencia? Lea, asesinada en su casa, ¿podía ser otra que Lea? Él no podía decir más que una cosa, y esa la proclamaba con toda la fuerza de su conciencia; que no era él el asesino. Cogido en las tramas de la instrucción, anonadado por un conjunto de pruebas en las que se revelaba una mano horriblemente hábil, no podía hacer más que protestar. Así lo hizo constantemente y con furor, hasta exasperar á los jurados y á los jueces. Porque el desgraciado parecía cínico y era inocente. Si todos los que tenían que formular una opinión sobre su culpabilidad no hubieran estado imbuídos en el sumario, si hubieran querido reflexionar un poco sobre la semejanza que existe entre el estupor indignado de un acusado que no puede probar su inocencia y la insolencia endurecida de un culpable que se aferra en negar su crimen, hubieran vacilado en el momento de pronunciar la sentencia. Pero prevenidos, seguros de antemano de la culpabilidad, atestiguada por hombres en quienes tenían una merecida confianza, estaban irresistiblemente propensos á condenar y condenaron en conciencia. Cuando se les enseñe la mujer viva, tendrán que confesar que se han equivocado. Se averiguará entonces quién era la muerta y es probable que nos encontremos en presencia de un horrible complot urdido para perder á un inocente.

—Mi querido amigo, dijo el magistrado; todo eso es pura novela y no realidad. Usted sueña despierto. Eso pasará. Pero permítame usted decirle que si por una gran casualidad consiguiera reunir pruebas suficientes de lo que dice, podría jactarse de producir una sensación extraordinaria. El rango social del sentenciado, la resonancia que tuvo la causa y la personalidad de los enderezadores de entuertos de la justicia, darían á este asunto un sesgo particular. Por mi parte, no me contrariaría presenciar su triunfo de ustedes, pero no olviden que no creo en él y que les he predicho un fracaso seguro.

—Pues bien, dijo Tragomer; si nuestros esfuerzos son vanos, tendremos, al menos, la tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. ¿Verdad, Marenval?

—Sí, querido amigo. Lo que acabo de oir á Vesín, me decide por completo. Yo estaba un poco dudoso, lo confieso, aun después de las seguridades que usted me había dado. Pero, en verdad, la infalibilidad de la justicia es un dogma tan difícil de admitir como la infalibilidad del Papa. Nadie en el mundo es infalible y, por mi nombre, que me voy á dedicar con usted á probarlo. Si hay dificultades materiales las venceremos; tengo dinero para ello. Las dificultades morales las dominaremos con su inteligencia de usted. Mi fortuna y su talento lucharán como buenos aliados y veremos si en los tiempos que corren hay todavía Bastillas en cuyo fondo se pongan al abrigo de la discusión los prejuicios, las aberraciones y los errores. ¡Cómo pues! El siglo ha progresado hasta el punto de que los socialistas tienen la pretensión de apoderarse mañana de todo lo que yo poseo, y en medio de esta ruina de todos los derechos, de todas las autoridades y de todas las jerarquías solamente la justicia ha de ser intangible… ¡No, por cierto! Si la justicia quiere ser respetada, es preciso que sea humana. ¡Si no, será arrastrada por el impulso general!

—¡Bravo! Marenval, exclamó Vesín, llega usted á ser elocuente. ¡Adelante, héroes! ¡Combatid! ¡Mis votos os acompañen! Usted está retirado de los negocios; la empresa que ahora acomete le entretendrá. Más vale esto que jugar al poker ó que tallar en el baccará. Si tienen ustedes necesidad de un consejo, yo se lo daré como dilettante. No me consolaría nunca si ustedes me tuvieran por un espíritu cerrado á la razón y á la piedad. Pero la lucha que van á emprender, recuerden bien que se lo he dicho, es la del puchero de barro con el de hierro. He hablado á ustedes como amigo. Diríjanse á cualquier magistrado y según el humor en que se halle, les dirá con ironía que se metan en la malla dirigiéndose al ministro del ramo, ó les declarará con indignación que van á dirigir un reto á la justicia.

—Dirigimos, en efecto, ese reto, exclamó Marenval.

—Pero no nos dirigiremos á nadie más que á usted, añadió Tragomer. Quería hablar con un hombre competente antes de meterme á fondo en este asunto. Á pesar de la buena acogida de usted y de la cordialidad de sus palabras, comprendo que nos estrellaremos en todas partes contra una resistencia profesional y sistemática. La magistratura no abandona su presa. Es un principio para ella y una garantía para la sociedad. Todo acusado debe convertirse en sentenciado y todo sentenciado debe ser culpable. Está bien. Sé lo que quería saber y obraré en consecuencia.

—¿Puedo preguntar á usted dónde piensa ir á parar? preguntó con curiosidad el magistrado.