—Él mismo había empeñado, el día anterior, en el Monte de Piedad, todas las alhajas de la víctima.
—Entonces, ¿por qué matarla, pues que ella misma le había dado todo cuanto tenía?
—Las papeletas valían, lo menos veinte mil francos… Jacobo debía una suma igual á la caja del círculo. La deuda fué pagada en el momento preciso, las papeletas fueron presentadas el mismo día y las alhajas desempeñadas… Lea Peralli vivía aún en ese momento; murió aquella misma noche… ¡Ah! Ese maldito asunto está muy presento en mi espíritu.
—Sí, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; el pobre Jacobo desempeñó las joyas, pero negó siempre haber vendido las papeletas. Pretendía que el verdadero asesino las había robado y desempeñado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Pues bien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fué condenado, ¿qué diríais?
Esta vez el bello Cristián no pudo dudar de que se había apoderado de su auditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en él con apasionado ardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicaban el interés que había sabido excitar en todos los espíritus.
—¿Y entonces? preguntó, por fin, Marieta.
—Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en este asunto un error judicial y que nuestro amigo Maugirón hablaba hace un momento con mucha razón.
—Yo he conocido mucho á Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era una muchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente.
Los demás perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tan poco, exclamaron:
—¡La historia! ¡La historia! ¡En esto hay una historia!