—Sí, por cierto, respondió tranquilamente Tragomer; pero no esperéis que os la cuente.

—¿Por qué no?

—Porque sé que tengo que habérmelas con las diez lenguas mejor cortadas de París, y no quiero que mi secreto…

—¿Hay un secreto?

—Que mi secreto corra mañana por las calles, por los salones y por los periódicos.

—¡Oh!

Aquello fué un grito de reprobacción general y el mismo Maugirón abandonó el partido de Cristián y se pasó al enemigo, gritando más fuerte que todos.

—¡Abajo Tragomer! ¡Fuera Tragomer!

Pero el noble bretón les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, y escuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barba apoyada en la mano. Dejó que se exhalase el descontento general y dijo con voz sosegada:

—Si el señor Marenval quiere escucharme, voy á contarle lo que sé.