Un miedo espantoso se apoderó de ella. En el desarreglo de su pensamiento estuvo á punto de llamar á su tía y prevenirla para que, al menos, no se hiciese daño á Mauricio, pero la detuvo una reflexión: "¡Quién sabe si, en el estado de exasperación en que se encuentra, dará mi tía las órdenes más rigurosas y atraeré el peligro sobre mi marido, queriendo protegerle! Es preciso dejar que marchen los sucesos sin intervenir; Mauricio es diestro y el señor Roussel prudente; ellos conseguirán arrancarme de manos de mis perseguidores. Porque ya, para ella, su tía, Bobart y el guarda eran sus perseguidores, y se sentía dispuesta á todo para escapar. Hasta hubiera hecho de buena gana algún daño á Bobart, que verdaderamente la atormentaba sin motivo, por gusto, por amor al arte.

Examinó con cuidado la disposición de su cuarto, previendo que acaso sería preciso evadirse. Una de las ventanas, la de la fachada, daba á una estufa cuyos vidrios estaban colocados casi á plomo á dos metros por debajo. Por aquí la evasión parecía imposible. La otra ventana, en distinta dirección, daba sobre un bonito jardinillo á la francesa. Un salto de seis metros y la perspectiva de enredarse en los sostenes de los rosales; tampoco por allí podía hacerse nada. El cuarto de tocador estaba cuatro escalones más bajo y ocupaba una torrecilla redonda en un ángulo del castillo. Recibía la luz por una estrecha ventana, pero tenía reja. Las precauciones estaban bien tomadas y la señorita Guichard sabía lo que había hecho alojando á Herminia en aquellas habitaciones. Á falta de las ventanas quedaba la puerta que daba á un largo corredor embaldosado en cuyo extremo estaba la escalera de servicio que conducía á las dependencias. Atravesadas éstas, se estaba en el patio, pero, para llegar á la escalera era preciso pasar por delante de las habitaciones de la señorita Guichard y de Bobart. ¡Cuántas probabilidades de ser cogida antes de llegar al piso bajo! Y aquel era, sin embargo, el único paso practicable.

El almuerzo llegó cuando Herminia se entregaba á estas combinaciones y proyectos. La doncella de la señorita Guichard le traía en una bandeja. Decididamente, Herminia estaba prisionera. No la encerraban con llave, pero estaba, sin duda, estrechamente guardada. Resolvió cerciorarse y á eso de las dos cogió el sombrero y la sombrilla y bajó. Al penetrar en el vestíbulo encontró á la doncella cosiendo al lado de una mesa. La muchacha levantó la cabeza y con cierta compasión dijo:

—La señorita ruega á la señora que entre en el salón.

Herminia no respondió y abriendo la puerta del salón encontró leyendo á la señorita Guichard.

—¿Sales, hija mía?, preguntó la solterona con una perfecta tranquilidad, como si nada hubiera pasado entre las dos aquella misma mañana.

—Sí, tía mía; si usted no tiene inconveniente.

—Te acompaño, dijo la señorita Guichard, y se levantó.

—Es usted muy amable; respondió Herminia con serenidad.

Salieron por el parque y echaron á andar delante del castillo. Pero este paseo tan lejos del foso en que se impacientaba Mauricio no entraba en los cálculos de Herminia, que dijo al cabo de un instante: