—Usted me hará arrepentir de haberla amado: nada más.
—¡Herminia!
Clementina estaba con el brazo levantado y amenazador, la cara descompuesta por la rabia, los ojos verdes de bilis, los dientes apretados y crujientes. Herminia tuvo miedo de que la atacase una congestión y muriese allí, herida por ella, á la que, en suma, había servido hasta entonces de madre. Se levantó y con una inspiración persuasiva propia para conmover hasta un alma tan dura, dijo, arrojándose á sus pies:
—¡Por Dios, mi buena tía, olvide usted todo lo que la turba, lo que la irrita, lo que la pone fuera de sí, porque usted no es dueña de sí misma ahora, y vuelva á ser tal como yo la he conocido; justa, benévola y generosa. No me obligue á luchar contra usted, lo que me causaría una horrible pena. No me ponga en el trance de decidirme entre mi afección antigua y mi nueva ternura. Tenga usted piedad de esta hija á quien ha amado, á quien ama todavía. Devuélvame usted la libertad y la dicha. Hágame usted feliz de buen grado, con sus propias manos, y yo la bendeciré en todas las horas de mi vida por el favor que me habrá hecho y con el cual habrá sobrepujado, en un momento, las liberalidades de que me ha colmado durante toda mi existencia. Usted debe comprender que quiero, que debo ir á buscar á mi marido. ¡Oh, tía mía querida! ¡Un relámpago de bondad! Ponga usted todo en paz, usted que puede hacerlo, ¡seremos tan plenamente felices! ¡Y será tan grande nuestro agradecimiento!...
Cogió las manos de la señorita Guichard y con sollozos y ruegos se las besó apasionadamente. Ésta, torturada por aquella ardiente suplica, helada por aquellos reproches tan dulces y tan humildes, humillada por el sentimiento de su inferioridad ante aquella niña que la hablaba tan leal y animosamente, permanecía inmóvil y muda. Por fin, dejó caer de sus labios trémulos estas palabras:
—¡No, no cederé! tengo, para obrar como lo hago, razones superiores que no puedes juzgar. Tú me darás después las gracias por el servicio que te hago ... ¡Todos los hombres son infames!
—¡Tía mía! ¡Cuidado! gritó Herminia desesperada.
—¿Me amenazas?, dijo la señorita Guichard, no disimulando ya. ¡Tú debes tener cuidado! Desde este momento no tengo confianza en ti. Sé que tengo una enemiga en mi casa; no encontrarás, pues, extraordinario que tome mis precauciones. Permanecerás hoy en tu cuarto y mañana nos marcharemos al extranjero.
Y sin añadir ni una palabra, la señorita Guichard salió. Herminia quedó sola y consternada, pero sin arrepentirse de su franqueza, por muy cara que debiera costarle. Porque, ahora, la señorita Guichard había arrojado la máscara y después de esta explicación no se podía esperar de ella el menor acomodo.
La joven se preparó á hacer una resistencia desesperada. Una sorda inquietud la molestaba hacía un momento; cómo sería interpretada su ausencia á la cita dada por Roussel. Porque era seguro que no podría ya pasearse por el parque. ¿Y qué pensaría Mauricio? ¿Supondría que le abandonaba? ¡No! eso era imposible. Pensaría que había sido vigilada, detenida. Y entonces sería capaz de entrar en el parque y llegar hasta el castillo y, vestido de ese modo, el guarda ó Bobart podían tomarle por un merodeador y pegarle un tiro.