Á estas palabras, que eran una verdadera declaración de guerra, la señorita Guichard se levantó. Su cara se puso lívida, sus ojos despidieron llamas y extendiendo hacia Herminia una mano agitada por un temblor nervioso, exclamó:
—¡Qué! Después de veinte años de cuidados, de afección, de protección; cuando te he tratado como á una hija, ¿me hablas con semejante ingratitud, por un advenedizo á quién no conocías hace seis semanas? ¿Contra todo respeto, juzgas mis actos y contra todo agradecimiento te unes con mis enemigos? ¿Es esto lo que yo debía esperar de ti? ¡Eres un monstruo!
—No, tía; no soy un monstruo, dijo la joven respirando con esfuerzo, tan violenta era la emoción que la embargaba; no, yo no soy irrespetuosa, ni ingrata; pero tampoco ciega ni estúpida. Sé lo que veo y entiendo lo que oigo. Soy justa, créalo usted, y me hago cargo de la irritación que debió usted experimentar viendo todos sus planes desbaratados; pero no puedo admitir que por una cuestión tan mezquina, por una diferencia tan antigua, por agravios que hace mucho tiempo debieran estar olvidados, ponga usted en peligro mi dicha y la de mi marido. Usted le acusa de ser orgulloso é indiferente ... ¿Qué hubiese usted hecho en su lugar, usted, que ha perseguido por tan largo tiempo y persigue todavía con su odio al señor Roussel, por una afrenta mucho menor que la que usted ha infligido á Mauricio?...
—¡He aquí lo que tú piensas! gritó la señorita Guichard exasperada. ¡Oh, mal corazón y espíritu perverso! Eso es lo que tú murmurabas durante tus largos silencios ... ¡Me hacías traición en pensamiento, antes de hacérmela en acción! Pero ¡yo te arreglaré! ¡Tengo sobre ti autoridad!
—Que usted se atribuye, pero que no existe. No tengo más dueño que mi marido....
—¡Yo te separaré de él! gritó la solterona en el colmo del furor.
—Desafío á usted á que lo haga.
—¡Ah! ¿Tú me provocas? Pues bien, tú sabrás de lo que soy capaz cuando se me fuerza.
—Me lo habían dicho y ya lo he visto. Pero jamás me hubiera atrevido á creer que usted, tan buena, se convirtiese hasta tal punto en perversa.
—Yo te haré arrepentir de lo que has hecho.