—¡Llame usted al suyo! respondió tranquilamente el hombre de la voz ronca. ¿Acaso le hemos ido á buscar?

—¡Cuidado! creyó Bobart que debía exclamar; voy a pegarle un tiro!...

—¡El que toque al perro, toca á su dueño! respondió el hombre con una expresión tan amenazadora, que Bobart se estuvo quieto.

Al hablar así se había levantado y Herminia no encontró ni un solo rasgo de su marido bajo los cabellos grises y enmarañados y la ruda barba de aquél hombre. Y, sin embargo, era él.

—¡Esto es una infamia! exclamó la señorita Guichard; ¡mi perro muerto!

Era verdad. El mastín, después de una resistencia honrosa, atestiguada por las huellas sangrientas de la piel de su adversario, acababa de morir.

—Usted me le pagará, buen hombre. Bobart, corre á buscar al guarda.

—¡Para qué! dijo el hombre con su voz aguardentosa; ¡para qué! Que pase solamente el foso y hago con él lo que mi perro ha hecho con este otro. ¿Oye usted? So vieja.

—¡Vieja! gritó la señorita Guichard. ¡Insolente! Usted verá quién soy yo ...

—¡Perfectamente! apoyó Bobart; una demanda de indemnización ...