—¡Sí! ¡Ya te daré yo la indemnización! vociferó el hombre con ademanes violentos. ¡Ven aquí, que te voy á hacer que escondas la cabeza debajo del ala, gallo viejo! ¿No te da vergüenza, á tu edad?

—¡Vámonos! ¡Está ebrio! exclamó la señorita Guichard.

—¡Ebrio! Pero no de amor por ti, carcamal ... Por la buena persona que te acompaña, es posible.

Y volviéndose hacia Herminia, el harapiento apoyó una mano negra en los labios y le envió un beso. Al mismo tiempo, de sus ojos, ocultos bajo unas espesas cejas, brotó una mirada luminosa. Y esta vez Herminia, roja de placer y latiéndole el corazón, adquirió la seguridad de que tenía delante á su marido.

Hubiera querido permanecer allí, por singular que pareciese su curiosidad; alguna palabra de doble sentido la hubiera trazado, acaso, una línea de conducta. Hubiera sido una satisfacción refinada para Herminia hablar con su libertador bajo la mirada misma de sus carceleros; pero no pudo disfrutar ese placer. Su tía la tiraba del brazo y Bobart se había ya pronunciado en retirada. Perseguidos por las injurias que les dirigía el dueño del perro gris, volvieron á entrar en el castillo.

—¡No has estado heroico, Bobart, dijo la señorita Guichard con acritud. Nos has dejado insultar, á mi sobrina y á mi, por ese miserable, sin contestar siquiera.

—Querida y respetable prima, respondió el abogado: el hombre no me intimidaba; pero el maldito perro me infundía cierta aprensión ... Bien has visto lo que ha hecho, de una dentellada, con el pobre Stop ...

—Haberle metido un tiro en el vientre ...

—Hubiera podido no acertarle y entonces ...

—Pero, ¿no sabes tirar?