—Te confieso que conozco mejor el código que el tiro.
La señorita Guichard arrojó á su auxiliar una mirada de desprecio y, sin añadir una palabra, entró en el castillo con Herminia.
CAPÍTULO X
EN EL QUE SE ROMPEN LAS CADENAS.
La joven subió á su habitación. Era dichosa, aunque estuviese secuestrada, y el beso de Mauricio la había dilatado el corazón. Un sentimiento de orgullo la asaltaba, al verse tan ardientemente disputada. ¡Cuán atrevido y diestro se había mostrado su marido! ¡Y su disfraz era verdaderamente una maravilla! Si no hubiese estado prevenida, jamás hubiera reconocido al elegante Mauricio, en aquel pisaterrones.
Se rió sola de los horrores que Mauricio había dicho á Bobart y á su tía. Pensaba que el joven se habría desatado en injurias de aquel modo para disimular; y, sin embargo, debió tener un secreto placer en maltratar así á sus enemigos. Pero, ¿de quién sería aquel terrible perro gris que combatía tan valientemente por ella? Nunca había oído á Mauricio hablar de un perro. Puede que fuese de Roussel; en todo caso, le amaba.
Sonó la hora de comer y también se sirvió á Herminia en su cuarto, lo que le causó sumo placer. La comida entre su tía y Bobart hubiera sido insoportable. Comió con apetito, como si un secreto instinto le dijese que muy pronto tendría necesidad de todas sus fuerzas. Vió al sol descender por detrás de las negras hayas, y extenderse poco á poco la sombra sobre el cielo rojizo, hasta quedarse todo obscuro. Cerró entonces la ventana y cogió un libro.
En el salón, la señorita Guichard y Bobart no jugaban esta noche su partida acostumbrada. La solterona estaba pensativa; el episodio del perro le parecía muy extraño. Hizo venir á Román Rouet y le interrogó detenidamente acerca de todos los perros grises que existían en el país.