—Eso es más que adhesión, dijo; ¡es heroísmo!
—¡Bah! contestó Fortunato; hay que saberse sacrificar por los suyos. Y luego, después de todo ... Acaso tengamos una sorpresa.
La tuvieron. Sin duda alguna, la merecían; pero, como hacía observar Roussel á la joven pareja con sonriente filosofía, nadie es tratado en la vida según sus méritos.
Una nueva Clementina, aquella á quien sólo Herminia había conocido hasta su boda con Mauricio, se reveló á Fortunato. Buena, alegre, un poco imperiosa, pero perfecta dueña de su casa, la baronesa—porque ha conseguido ser baronesa y no desespera de serlo de Pontournant—asombra á los suyos por las cualidades de su corazón. Calmado su rencor, ha vuelto á lo que estaba destinada á ser; una mujer muy viva, pero excelente, que se esfuerza en pagar con amabilidades los movimientos un poco bruscos de su carácter. Roussel se acostumbró á ella prontamente. Y un día en que se hablaba delante de él de una mujer muy dulce y un poco pasiva:
—¡Desengáñense ustedes! exclamó; una mujer sin carácter es como una ensalada sin vinagre!
—Sí, amigo mío, insinuó Clementina con deferencia; ¡pero también es preciso que la ensalada tenga un poco de aceite!
FIN.
Imprenta de la Vda de Ch. Bovary.