La señorita Guichard se puso pálida como si fuera á morir. Sus ojos interrogaron confusamente la cara de Roussel, que estaba grave y solemne. Después balbuceó:
—Fortunato ... ¿qué quieres decir? No me des una falsa alegría ... ¡Me matarías!
—¡Lejos de mí tal pensamiento! Quiero que vivas para que te muestres perfecta. En consecuencia, Señorita Guichard, ¿quiere usted hacerme el honor de concederme su mano?
Clementina permaneció un momento inmóvil, vacilante, bajo aquel golpe tan inesperado. Un temblor nervioso agitó sus labios y no pudo responder. Su fisonomía, alterada, expresaba al mismo tiempo la pena del pasado lamentablemente perdido, y la loca alegría de un porvenir por tanto tiempo deseado y reconquistado por milagro.
Roussel creyó que perdía la cabeza. Pero todo duró el espacio de un segundo. Se recobró y en un delirio de dicha que indemnizó á Roussel del esfuerzo que acababa de realizar, exclamó:
—¿Que si quiero? ¡Ah! ¡Dios mío! hace veinte años que sueño con esas palabras ...
Y con tanto vigor en la afección como había mostrado en el odio, saltó al cuello de Fortunato.
En el mismo momento, Mauricio y Herminia, un poco inquietos al ver lo que duraba la conferencia, abrieron la puerta del salón. El espectáculo que se ofreció á sus ojos era de tal modo sorprendente, que permanecieron inmóviles: la señorita Guichard y Roussel se abrazaban, y no para ahogarse, porque ambos reían con algo de enternecimiento.
—Venid, hijos míos, dijo Roussel. Deseabais la concordia y vamos á daros la unión. En adelante, formaremos una sola familia: me caso con la señorita Guichard.
Mientras Herminia, dando un grito de júbilo corría hacia su tía, Mauricio se inclinó hacia su padrino: