—¡Tú sabes muy bien que lo que dices es falso! Sí; he amado, y demasiado exclusivamente, á un hombre que me ha despreciado ... ¡Sí! He amado! Bien puedo confesártelo ahora que soy vieja. Por haber amado demasiado, he sufrido tanto ... Yo también había soñado con andar en la vida del brazo de un hombre que fuese todo para mí ... y mi sueño se ha disipado. Yo hubiera sido, como otra cualquiera, tierna y buena con el que amaba, si hubiera sabido disimular la vivacidad de mi carácter, un poco absoluto acaso. Yo hubiera sido una esposa llena de abnegación y una madre apasionada ... ¡Oh! Si hubiera tenido un hijo ... ¡mío! le hubiera adorado! ¡Cuántas veces he llorado de pena y de cólera al pasar por los jardines donde jugaban los niños á la vista de sus madres!... La envidia, el pesar me oprimían el corazón y achacaba la responsabilidad de mis torturas al que había desbaratado mis proyectos y destruído mi porvenir. ¡Y eres tú el que me acusa de no haber amado! ¡Tú! Después de lo que acabo de decirte, confiesa que es una ironía muy cruel y muy inmerecida.
—Pero, Dios mío, mi querida prima, dijo Roussel con algún embarazo; me haces más culpable de lo que lo he sido. Si hasta ese punto te horrorizaba el celibato, con tu fortuna, hubieras podido sustituírme con ventaja. Por falta de hombre el matrimonio no fracasa.
—Ninguno me agradaba sino tú.
—¡Por espíritu de contradicción!
—¡Á mi costa, en todo caso! Porque por ti he quebrado mi vida. Amaba el mundo, y he tenido que vivir retirada. Sin familia, mi solo consuelo ha sido la adopción de una niña que no era nada mío. He tenido que comprimir todos mis sentimientos y he envejecido estéril é irritada ... Todo por tu causa. Cuando te oía hace un momento enumerar mis faltas, encontraba que eran muy pequeñas comparadas con las tuyas. Sí, he sido mala; he querido vengarme de ti; pero ¿no has hecho tú todo lo posible por incitarme á ello? Sí, tú, causa primera de nuestras disensiones, debieras ser responsable de lo que ha sucedido, y yo sola soy castigada. Porque, tú lo decías hace un instante y has tenido buen cuidado de explicármelo; se me tolera, se me sufre, pero no se me ama. Si tengo un poco de orgullo, después de lo que me has declarado, debo desaparecer y marcharme á terminar mi vida en un rincón, sola, arrastrando mis últimos días con el pensamiento devorador de que todo el mundo es dichoso, menos yo!
Esta vez, era sincera. Roussel lo veía claramente y se conmovió. Su conciencia se había sublevado al oir á Clementina y le advirtió de que la mitad de las acusaciones que ésta le dirigía, eran ciertamente merecidas. Le había faltado paciencia: había desconocido la voluntad suprema del tío Guichard é infligido una cruel afrenta á la mujer que le estaba destinada. Después de todo, el matrimonio acaso la hubiera transformado. Otros milagros mayores se habían visto. ¡Quién sabe si hubiera podido ser, como ella decía, buena esposa y excelente madre! Y por él, por un amor exclusivo, que en el fondo le halagaba, y le hacía sonreir con cierto deje de contento, había permanecido soltera. Aquello era un agravio muy duro, por el cual no resultaba castigado ... La miró con algo mayor benevolencia y experimentó un sentimiento tan parecido á la simpatía, que se quedó asombrado. ¿Era posible que Clementina le pareciese soportable? Fortunato dijo:
—¿Por qué exageras las cosas? ¿Quién te dice que te vayas? Si tu orgullo te impulsa á marcharte, resístelo y permanece en medio de nosotros.
—Sufriría demasiado. Mi situación será siempre inferior ... No olvidaréis nuestros antiguos disentimientos, mi resistencia y mi derrota ... Á ti, te amarán; á mí, me tolerarán ... Yo no podré soportarlo y volveré á ser mala ... y os haré daño á todos ...
Esta confesión turbó á Roussel más que todo lo que acababa de oir. Puesto que la señorita Guichard se daba cuenta de su estado, todavía era posible curarla. Si se la dejaba entregada á sí misma, los irresistibles impulsos de su carácter batallador la arrojarían á cometer excesos que serían causa de cuidados y penas para Mauricio y Herminia. Era preciso á toda costa apoderarse de ella. Fortunato permaneció un momento pensativo, y después, aproximándose á su enemiga, dijo:
—Veamos, Clementina; esos muchachos y nosotros empezamos una existencia nueva. ¿Quieres que el porvenir sea en todo diferente del pasado? Estoy decidido á ayudarte sinceramente. Retrocedamos veinte años. Tú no tienes más que veintitrés y yo treinta y cinco. El tío Guichard acaba de morir y nosotros somos prometidos ... Pretendes que hubieras podido ser una buena esposa; pruébalo.