—¡Ah Dios mío! ¡Acaban de atropellar á un hombre!...
La señorita Guichard y el jardinero llegaron al mismo tiempo á la puerta del jardín. La cabalgata se alejaba más de prisa de lo que hubiera deseado, entre una nube de polvo, y sobre las piedras del camino se encontraba caído un joven, sin conocimiento y con la frente ensangrentada y el bastón, roto en dos pedazos, cerca de él. Clementina tenía un genio resuelto, probado en muchas circunstancias. Con voz vibrante llamó á su cochero, que estaba á alguna distancia, y dijo dirigiéndose al jardinero:
—Hay que llevar este desgraciado al pueblo....
—¡Oh! tía mía, exclamó con angustia Herminia, ¿estará muerto?
—¡Muerto! Bah ... no se muere así como así. Está desvanecido.... Un poco de agua en la cara ... vinagre en la nariz y esto no será nada....
El jardinero y el cochero cogieron al joven el uno por los pies y el otro por los hombros, se le llevaron y le extendieron sobre unos almohadones, en la cochera, sin que recobrase el conocimiento. El cochero le lavó la cara para quitar la sangre que le desfiguraba y le puso bajo la nariz el vinagre que le servía para los caballos, pero nada de esto sirvió. Pálido, los labios contraídos, los ojos cerrados, el desconocido permanecía inerte y la señorita Guichard tuvo miedo.
—¡Oh! Oh! ¿Acaso será esto más serio de lo que había pensado? Será preciso llevarle á la alcaldía.
—¡Oh, tía mía!, suplicó Herminia; ¿dónde puede estar mejor cuidado que en nuestra casa?
—¡Es verdad!, contestó con convicción la señorita Guichard. En todo caso, habrá que llamar un médico....
—Señorita, el doctor Fortier ha vuelto á su casa hace una media hora.... Le he visto pasar en su coche por el camino....