—¡Qué mentira! murmuró Herminia, que sintió de pronto un involuntario descontento.

—¡Ah! Esto me contraría verdaderamente. Pero, ¿qué día podré ver á la señorita?

No lo ha dicho.

—Bueno; volveré. Por el bosque, es un paseo.

Y salió. ¿Cómo sucedió que Herminia se levantase y dejando el emparrado se dirigiese hacia el terraplén que daba sobre el camino en que había sido atropellado Mauricio? No es posible explicárselo más que por uno de esos impulsos instintivos que son una especie de autosugestión. Mauricio, deseando ver el sitio donde había rodado á los pies de los jinetes de Ville-d'Avray, entró en la calle y se encontró en presencia de Herminia que le miraba desde lo alto del terraplén. La saludó con política sonriendo amablemente. Herminia se puso tan turbada al verse cogida en flagrante delito de curiosidad, que hizo un brusco movimiento y el bordado se escapó de sus manos y vino á caer á los pies de Mauricio. La joven palideció de contrariedad y las lágrimas acudieron á sus ojos, mientras Mauricio recogía la labor y se la ofrecía sencillamente á Herminia, que hubiera querido que la tierra la tragase. Pensó un momento en huir por el jardín, pero sus piernas se negaron á prestarle ese servicio y se vió obligada á poner buena cara, coger su bordado y dar las gracias con voz tan débil como un suspiro, pero que pareció deliciosa al joven. Éste saludó de nuevo y un poco animado, dijo:

Tenga usted la bondad de dispensarme, señorita, si me permito dirigirle la palabra sin tener el honor de conocerla....

Herminia tembló, pensando: "¿Qué va á preguntarme?"

El joven dijo sencillamente:

—¿Seré tan dichoso que esté hablando con alguna amiga ó pariente de la señorita Guichard?

Era preciso responder, so pena de pasar por una grosera.