DONDE HACEN TRAICIÓN LOS ALIADOS CON QUIENES SE CREÍA PODER CONTAR.
Al siguiente día de su accidente, Mauricio escribió á su tutor para contarle la ocurrencia. Tenía entonces el corazón lleno de gratitud hacia la mujer hospitalaria que tan bien le había cuidado, pero ahora la encontraba mucho mejor y sus sentimientos se complicaban con un interés muy vivo por la encantadora persona que vivía con ella, y cuyo nombre no sabía siquiera. Desde que había conocido á la sobrina, amaba cien veces más á la señorita Guichard.
Pasó una noche muy agitada y por la mañana se encerró en su estudio y, de memoria, hizo un boceto de Herminia sobre el terraplén. Trabajó durante cuatro horas con ardor y cuando el criado vino á anunciarle que el almuerzo estaba servido, el cuadro se destacaba de un modo encantador. La cabeza solamente permanecía borrosa. Sus rasgos estaban grabados en la memoria del pintor, pero éste tenía miedo de desfigurarlos al fijarlos en el lienzo. Prefirió guardar confusa la dulce imagen y pensó:
—Volveré á la Celle-Saint-Cloud y veré de nuevo á mi modelo. Entonces, seguro de mí, le daré un parecido perfecto. Hasta entonces, que permanezca en la vaguedad de un ensueño.
Pasó tarareando al comedor y al lado del plato encontró un telegrama que acababa de llegar. Le abrió y vió con alegría la firma de su tutor; pero al leerle quedó asombrado; leyó de nuevo y vió que decía:
"Bajo ningún pretexto vuelvas casa señorita Guichard. Explicaré todo.... Vuelvo apresuradamente. Roussel."
Dejó el papel azul sobre la mesa y siguió almorzando, presa de un asombro indecible. Su tutor volvía repentinamente, interrumpiendo un viaje importante, diferido hacía dos años y volvía al saber que él había sido cuidado en casa de la señorita Guichard á quien no conocía y de la que nunca había oído hablar. ¿Qué significaba esto? ¿De qué se trataba? ¿Acaso la señorita Guichard era una persona poco recomendable? Entonces, su sobrina ... no, eso era imposible: con aquéllos ojos tan cándidos no podía ser más que un ángel. Entonces, ¿qué pensar?
No se razona siempre bien el primer impulso y las facilidades de comunicación que el telégrafo y el teléfono han creado en la sociedad, ofrecen á las personas vivas de genio numerosas ocasiones para dejarse llevar del calor de una impresión. Apenas pagó Roussel su telegrama y le vió pasar á manos del telegrafista, sintió una contrariedad. "He hecho una tontería, se dijo. No hubiera debido advertir á Mauricio. Hubiera ido á casa de la señorita Guichard, que le hubiera hablado mal de mí; él no la hubiera creído, hubiera salido de allí con indignación y asunto terminado; mientras que ahora le voy á meter en pleno drama y á excitar su imaginación: ¡quién sabe si hará alguna tontería!"
Iba á abrir la boca para pedir el telegrama, cuando vió al empleado desaparecer con él en el cuarto donde estaban los aparatos de transmisión. Desistió ante las explicaciones que tendría que dar; suspiró y salió pensando: "¡Sea lo que Dios quiera! Después de todo, puede que Mauricio sea más razonable á los veintiocho años que su tutor á los sesenta."
Roussel no se engañaba contando con el buen juicio de su hijo adoptivo, pero la prudencia de los hombres es engañada frecuentemente por el capricho de los acontecimientos. El joven pintor, después de haber meditado sobre el telegrama de Roussel, sin conseguir imaginar, ni poco ni mucho, la verdadera situación, había resuelto observar escrupulosamente la consigna: "Bajo ningún pretexto vuelvas casa señorita Guichard."