Al cabo de una hora, Herminia no había hecho progresar gran cosa su bordado, pero había dirigido muchas miradas por encima del muro. Empezaba á impacientarse y á dirigir mentalmente acusaciones á Mauricio, cuando, al sonar la hora en la iglesia del pueblo, se oyó un paso ligero que rompía el pesado silencio de la calleja. El que se aproximaba no venía por la plaza, sino por detrás de Herminia, del lado del bosque. La joven pensó: "¿Seré tonta? ¿Cómo podía haber atravesado todo el país? Es mucho más prudente en él llegar á la quinta por caminos solitarios."
Los pasos se aproximaban. La joven, en su banco, estaba enteramente oculta y no tenía que hacer sino permanecer sentada para que Mauricio pasase sin verla; ¿fué una emoción repentina? ¿fué el deseo de ver mejor al que pasaba, ó fué cualquiera otra la razón de que se levantase? Ello fué que estando el joven pintor examinando con cuidado el muro, un ligero ruido de ramaje llegó á sus oídos. Retrocedió prontamente algunos pasos y, alargándose su perspectiva, descubrió á la sobrina de la señorita Guichard en su nido de verdes hojas.
Como la víspera, la saludó sonriendo y dirigiéndose á ella como si fuese una antigua conocida, dijo:
—¿Seré hoy más dichoso que ayer y podré llegar hasta la señorita Guichard?
Herminia juntó las manos y dirigió á Mauricio una mirada suplicante.
—Hable usted más bajo, se lo suplico ... ¡Si nos oyeran, sería terrible!
—¿Por qué?
—Porque desde que usted entró en esta casa, el carácter de mi tía ha cambiado por completo. Está inquieta, atormentada....
—¡Ella también!, exclamó impensadamente Mauricio.
—¿Cómo ella también? Acaso por parte de usted....