—¡Oh! no: me he equivocado al decir esto. Continúe usted; se lo suplico....

—Existe, por fuerza, entre mi tía y usted, ó alguno que le toque de cerca, una diferencia grave y que yo ignoro.

—¡Y yo también!

—¡Ah! ¿Ve usted como hay algo?

—Es verdad; hay algo, pero ¿qué?

—Entonces, ¿no se trata de usted?

—Hace tres días, no conocía á la señorita Guichard.

¿Luego no es usted el culpable? ¡Tanto mejor!

—¡ El culpable!, exclamó Mauricio; pero, señorita, esté usted segura de que la persona que yo supongo que está en desacuerdo con su tía de usted no tiene ciertamente nada de qué acusarse....

—¡Mi tía tampoco!