—¡Pero si eso sería tan natural, querida señorita!... El señor Roussel de Pontournant....

¡Oh! Ya se ha pronunciado ese nombre execrable, exclamó con amarga sonrisa la señorita Guichard; si, el señor Roussel, el tutor de Mauricio.

—Y primo hermano de usted, insinuó la señora Tournemine.

—Y mi más mortal enemigo, sí, señora. He aquí el peligro para mí.... Pero lo he prevenido de antemano. El señor Mauricio Aubry está indispuesto con su tutor y la ausencia del señor Roussel en un día como este es buena prueba de lo que la digo. Sí; para entrar en mi casa, el marido de mi sobrina debía romper todos los lazos con el que me odia.... Era preciso que escogiera entre él y nosotras y así lo ha hecho. ¿Podría haber dudado un solo instante?

Al decir esto, la señorita Guichard señalaba á los recién casados que estaban de pie cerca de la ventana del jardín, muy cerca el uno del otro, sonrientes y radiantes, formando un precioso grupo. La joven se había quitado el velo y la corona y con el traje blanco cubierto de flores de azahar, rubia y sonrosada y los ojos animados por la alegría, era la imagen viva de la felicidad. Muy moreno, la barba en punta, el cabello cortado coronando una hermosa frente, viva la mirada, Mauricio había cogido la mano de Herminia y la hablaba con animación. ¿Qué decía? La señorita Guichard no podía oírlo. Pero la joven movía la cabeza con aire de duda y una cierta inquietud. Dió algunos pasos por la escalinata y lentamente, seguida por Mauricio, descendió al jardín. Una vez allí, seguros de estar á salvo de los indiscretos, reanudaron la conversación empezada en medio de sus invitados.

—Era el único partido que podíamos tomar, dijo Mauricio.

—Pero ¡qué peligroso! suspiró Herminia.

—Si hubiéramos descubierto nuestros proyectos todo estaba perdido; ¿podíamos entonces obrar de otro modo que como lo hemos hecho?

—Es verdad. Pero, sin embargo, me oprime el corazón la idea de que engaño á la que me ha servido de madre.

—Es por su misma tranquilidad.