Mauricio dejó su sitio lentamente y como á disgusto. Aquel día Herminia no había aparecido en el jardín. Tomó de nuevo el camino del bosque, con la cabeza baja y al llegar á la plazoleta, arrojó un grito ahogado y palideció: su tutor estaba delante de él. El anciano estaba grave y un poco pálido, pero su fisonomía y su actitud no acusaban enfado alguno. Viendo á Mauricio perplejo, se adelantó sin hablar, le cogió afectuosamente el brazo y marchó á su lado en dirección á Montretout.
Después de algunos minutos de silencio, levantó la cabeza, miró á su hijo adoptivo con dulzura y dijo con voz enternecida:
—Así pues, hijo mío; ¿eso es más fuerte que tú? ¿Es absolutamente preciso que la vuelvas á ver?
Á estas palabras tan afectuosas, tan verdaderamente paternales, Mauricio, conmovido, balbuceó con voz alterada:
—¡Oh! mi querido padrino, perdóneme usted, pero ¡es tanta mi pena!...
—Vamos, hijo mío; has hecho lo que has podido, bien lo veo; á mí me toca hacer el resto.
—¡Padrino mío!...
—¿Acaso has creído que te he criado como lo he hecho, durante veinte años, para cambiar de repente, el mejor día, y hacerte desgraciado? ¡No, no! Te quiero para ti mismo y no para mí y no puedo soportar la idea de que alimentas una pena que una palabra mía puede disipar.
—¡Oh! pero yo no aceptaré que usted tenga el menor disgusto por mi causa, interrumpió Mauricio con energía. Soy un cobarde por no haber sabido soportar mejor esta decepción. Pero yo daré buena cuenta de mi debilidad ... Hace mucho tiempo que estoy proyectando un viaje á España ... Partiré ... partiremos juntos.
—¡No!, dijo tristemente Roussel; porque llevarías contigo el recuerdo de Herminia y serías aún más desgraciado estando lejos de ella ... Y yo tendría la doble tristeza de verte sufrir y de pensar que sufrías por ser yo un egoísta ... Lo que me impedía dejarte en libertad de amar á esa muchacha, que es sin duda adorable y buena....