De vez en cuando, cuando se aburría mucho en Montretout, hacía una escapada á París é iba á sorprender á Mauricio, por la mañana, en su estudio. Llegaba con la cara radiante y las manos llenas de flores de sus estufas; abrazaba á su querido hijo, le contemplaba, le acosaba á preguntas y daba vueltas á su alrededor con inquieta ternura. Pero prontamente veía que Mauricio no había dejado de quererlo y se iba dichoso.
Tomaba precauciones, parque sabía que era espiado. En varias ocasiones había sorprendido rondando su casa al primo Bobart, el confidente de Clementina, y hasta le había visto seguirle á París. El darle esquinazo no había sido más que un juego. Las robustas piernas de Fortunato habían burlado fácilmente el espionaje del antiguo abogado. Preguntado Mauricio acerca de este personaje había contado que Bobart iba con mucha frecuencia á casa de la señorita Guichard. Una vez había llevado consigo á su hijo, oficial de húsares y aspirante desahuciado á la mano de Herminia. Pero ni el padre ni el hijo parecían peligrosos. Roussel, sin embargo, ponía á su pupilo en guardia contra ellos.
—Mientras no hayas salido de la iglesia con tu mujer del brazo, le decía, no habrán acabado las dificultades. Y realmente, entonces empezarán de nuevo. Navegas entre escollos; no lo olvides. No sabes de lo que es capaz Clementina. Es mujer que por una sospecha puede echarlo todo á rodar el último día, en la alcaldía misma. Por mucho que desconfíes, nunca será bastante.
Mauricio encontraba un poco pueriles tantas precauciones. Había dado un largo paseo por el jardín con Herminia y sabía que podía contar con ella por completo, porque también le amaba. Aquellos corazones se habían entregado al mismo tiempo y no debían separarse jamás.
Una mañana, al llegar al estudio, Roussel encontró á su hijo más contento que de costumbre y cuando le preguntó la causa, éste sacó del bolsillo una carta y se la entregó. Era de Herminia, que llamaba á Roussel "querido padre," le daba las gracias por su abnegación, le prometía pagársela con su cariño, y le abrazaba, entretanto, de todo corazón. El buen señor se enterneció al principio y aseguró que aquella chiquilla era verdaderamente deliciosa, pero después reflexionó y acabó por no aprobar que Mauricio la hubiese revelado su táctica. ¡Las mujeres son tan charlatanas! ¿Podrían estar seguros de que, con la mejor intención, no cometería Herminia alguna indiscreción, aunque fuese ligera? Porque si Clementina vislumbraba solamente la verdad....
Esta vez Mauricio trató á su tutor de visionario y dijo que exageraba verdaderamente el carácter de las personas. La misma señorita Guichard estaba tan contenta con este matrimonio, que si ahora se le descubriese la buena inteligencia de Mauricio y de su tutor, no cambiaría en nada sus proyectos. Herminia y él estaban convencidos de que aquella atmósfera de pura alegría había dulcificado su corazón y de que se prestaría de buen grado á reconciliarse con Roussel.
Éste, ante una afirmación que no podía combatir más que por suposiciones fundadas en su experiencia, movía la cabeza y respondía deseando que no se equivocasen. De este modo llegó la víspera del gran día.
Por la tarde, después de una comida muy alegre, y en el momento en que Herminia y Mauricio se disponían á bajar al jardín, la señorita Guichard se adelantó hacia el pintor y le dijo:
—Querido hijo mío, desearía hablar cinco minutos con usted ... Herminia me perdonará que le separe á usted de ella ... será la última vez ... Anda, hermosa mía, ve á coger un ramo de rosas para Mauricio ... Cuando hayas acabado, te le devolveré....
Herminia cambió una mirada inquieta con Mauricio y salió. Puestos en presencia el uno del otro, el prometido y la tía se observaron un momento. Ambos estaban sonrientes pero sus fisonomías aparecían un tanto contraídas. La señorita Guichard tomó la palabra y dijo con voz firme: