—Mi querido Mauricio, henos ya en el día decisivo. Usted me hará la justicia de reconocer que ni una sola vez le he hablado de mí y que no he tenido otra preocupación que la dicha de ustedes dos. Conviene, sin embargo, que tratemos á fondo un asunto importante; el de nuestras relaciones en el porvenir. Usted sabe cómo he educado á Herminia y ve la afección que tiene por mí. Su ausencia de mi casa produciría aquí un vacío muy cruel y me atrevo á lisonjearme de que yo también haría alguna falta á esa niña.... No quiero, sin embargo, ser obstáculo á la libertad necesaria á dos jóvenes, ni interponerme entre vosotros ... He reflexionado mucho en estos detalles, que no dejarán de tener influencia en nuestra tranquilidad futura, y he aquí lo que voy á proponer á usted. Acabaremos aquí el verano y el año que viene haré preparar vuestras habitaciones y un hermoso estudio en el edificio donde están situados los cuartos de los amigos ... Usted le conoce, porque allí fué donde pasó la enfermedad producida por su accidente ... Estaréis, por tanto, independientes, y yo gozaré de vuestra presencia.... Comeréis conmigo, si así lo queréis, y recibiréis á vuestros amigos como si fueseis los dueños de la casa ... Yo seré la que represente el papel de una invitada ... En París os ofrezco el entresuelo de mi casa de la calle de Courcelles ... Yo vivo en el primero. Estaréis, pues, en vuestra casa, en completa separación, si eso os conviene ... El estudio lo tendrá usted donde guste, porque no le hay en la casa y, por otra parte, las idas y venidas de los modelos podrían molestaros. Es mejor que ni su mujer de usted ni yo nos encontremos con esas personas, ordinariamente un poco ... libres ... Ya ve usted que soy un poco exigente, aunque no lo parezca; mi pretensión se reduce á no separarme por completo de mi sobrina y gozar también un poco de vuestra dicha.

Hubo un momento de silencio.

—¡Y bien!, continuó Clementina, ¿no responde usted? ¿Qué le sucede? ¡Parece usted estupefacto!

Mauricio lo estaba, en efecto. El exordio lleno de precauciones de Clementina le había hecho inundarse en sudor frío, porque había previsto complicaciones horribles. Pero la exposición de aquellas pretensiones, después de un miedo tal, le parecía de una moderación absoluta. Imbuído en las prevenciones de su padrino, esperaba que la señorita Guichard intentaría acapararle enteramente, tenerle en tutela, convertirle en una especie de cartujo privado. Y en lugar de tales medidas de rigor, reclamaba modesta y casi humildemente que no se prescindiese de ella. El tirano se metamorfoseaba casi en víctima. Negarla lo que pedía hubiera sido conducirse como un hombre sin educación y sin delicadeza. No pensaba que consentir en habitar la Celle-Saint-Cloud en verano, aunque fuese en edificio separado, y en invierno en la calle de Courcelles, aun en otro piso que Clementina, era consentir en la proscripción de Roussel. Porque, sin una completa reconciliación, ¿cómo iba á poder Fortunato ir á casa de la señorita Guichard para ver á sus hijos?

Mauricio, en la expansión de su alegría, no miraba tan lejos. Además para él la reconciliación era segura; y como quiera que fuese, en casa de la señorita Guichard ó en otra parte, la vida se le aparecía de color de rosa.

—Estoy estupefacto, respondió, por la ingeniosa y práctica sencillez de las combinaciones de usted.

—¿Le parecen á usted, pues, satisfactorias?

—Absolutamente.

—Entonces, ¿las acepta usted?

—Con muchísimo gusto.