—No agradaba á Herminia ...

—Si le hubieras dejado hacerle la corte ...

—¡Él se la ha hecho, sin pedirme permiso!

—¿Mi hijo? exclamó estupefacto el antiguo abogado.

—Sí, tu hijo, el oficial de húsares en persona. Y de tal modo, que se ha permitido escribir á mi sobrina una esquelita, que Herminia me entregó, naturalmente, sin abrir ... Está escrita con un buen estilo la tal esquela ... Podrás leerla, si quieres ...

—¡Cómo! ¿Se ha atrevido?...

—Se ha atrevido. Y yo, sin decirte nada, para no disgustarte, mi pobre primo, me atreví por mi parte á decirle que si no cambiaba de proceder, le pondría en la puerta con todos los honores debidos á sus galones ...

—Puedes creer, respetable prima mía, que yo ignoraba ...

—Hubo un momento en que pensé que eras tú el que habías impulsado á ese badulaque, pero la torpeza de su conducta me probó claramente que obraba por su propia iniciativa. Yo no os quiero mal, Bobart. Bien sabes que os profeso una antigua afección ... En resumen, la adopción de Herminia ha destruído las esperanzas que tu hijo podía abrigar respecto de mi herencia, y hace mucho tiempo que he resuelto reparar este perjuicio que os causaba. En mi testamento he asegurado doscientos mil francos á tu oficial de húsares ... Esto le consolará ...

Bobart, abrumado por esta liberalidad inesperada, se deshizo en protestas; pero Clementina, con la autoridad de una soberana sobre su vasallo, cortó aquellas expansiones entrando en un orden de ideas que le parecía más interesante: