—Vete tranquila.

Abrió la puerta y alta la frente, firme la mirada, entró en la habitación donde esperaba Fortunato.

Éste estaba de pie cerca de la ventana y miraba á Herminia y á Mauricio, que paseaban por el jardín. Ignoraban su llegada y, entregados por completo á la dicha de verse juntos, marchaban con ese andar perezoso é igual, propio de las parejas enamoradas. En verdad que el paso que Fortunato daba en este momento era para él muy penoso, pero todo lo daba por bien empleado al ver á los jóvenes tan plenamente dichosos.

La puerta, al abrirse, le hizo volver la cabeza. Clementina, majestuosa y soberbia estaba delante de él.

Ambos se examinaron en silencio durante unos instantes. Ella le encontró bien con su cabello blanco y rizado que servía de apropiado marco á una cara llena y sonrosada. Tenía, como siempre, hermosa presencia y su elegancia era propia de su edad. Con una amargura que no pudo vencer, Clementina pensó: "No tiene trazas de haber sufrido mucho."

Roussel la saludó con sonriente cortesía y ella hizo una ligera y seca inclinación de cabeza.

—He aquí, dijo, una visita que yo no esperaba y que más que sorprenderme ...

—La vida no es más que una serie de sorpresas, mi querida prima, respondió. Fortunato en tono amable; y seré feliz si ésta que te proporciono te parece agradable.

—¿Te burlas?

—La ocasión no me parece bien escogida para eso.