—¡Oh! tu tacto y tu delicadeza me inspiran muy poca confianza.

—Enhorabuena, dijo Roussel riendo; veo que no has cambiado ... en lo que se refiere al carácter, al menos.

—¿Te atreverás á dirigirme impertinencias en mi propia casa?

—¡No lo quiera Dios! mi querida prima. Eres siempre la misma en lo moral, pero no en lo físico ... Has ganado mucho.

—Hazme gracia de tus piropos, dijo Clementina en tono más dulce, y ten la bondad de decirme el objeto de tu visita.

Pues qué, ¿no es bastante visible? ¿Hacen falta explicaciones? Nuestros hijos se han casado esta mañana, ¿no es este mi sitio en día semejante? Sé las consideraciones que se te deben. Eres la madre de la desposada; yo he servido de padre al novio; la boda se hace en tu casa ... y he venido.

—Jamás ha existido lazo alguno de parentesco entre ese joven y tú ... y después de la indignidad de tu conducta respecto de él, no tiene ningún motivo de reconocimiento. Por consiguiente tu presencia no está justificada y nos veremos en la precisión de evitarla.

Roussel no se movió.

—Es verdad, dijo, que en el primer momento, cuando supe por Mauricio que so quería casar con tu sobrina, experimenté un vivo descontento contra él y le obligué á abandonar mi casa. Pero, después he reflexionado: la soledad es buena consejera. He pensado que, después de todo, ese muchacho tenía el derecho de amar á quien quisiera y me he resignado con tu sobrina. Mis informes han sido muy favorables á Herminia, debo confesarlo; he cambiado de modo de pensar y me he arrepentido de mi conducta con Mauricio. Apruebo su matrimonio, lo reintegro en su situación de heredero, le devuelvo mi cariño y me preparo á rivalizar contigo en ternura para la joven pareja.

—¡Dios mío! exclamó Clementina levantando los brazos con estupor; ¿qué es lo que oigo?