—¡Confiesa que has deseado mi muerte!
—¡Dios mío! ¿Yo?, respondió Roussel con un horror sincero; he hecho cuanto he podido para reanimarte; ¿por quién me tomas? Vamos, pues; ahora debes estar calmada. Escúchame y verás las ventajas que estoy dispuesto á concederte. Nuestra enemistad es demasiado pública para que pueda cesar sin que demos una explicación del cambio. Esa explicación quiero que sea enteramente favorable para ti. Diremos que tú has olvidado tus agravios y que yo he pedido el perdón de mis faltas. Yo habré dado todos los pasos y tú habrás tenido la grandeza de alma de perdonar. Considera que semejante concesión á tu amor propio merece alguna indulgencia y que yo la reclamo, no ficticiamente, sino con verdad. Todo lo que pido, es el derecho de amar á esos muchachos tanto como tú. Te invito á una nueva lucha, pero pacífica, en la cual el vencedor será el más tierno, el más cariñoso para esa joven pareja, que es preciso encuentre fácil y expedito el camino del porvenir.
Clementina exhaló un gemido. Aquella grandeza de alma de su enemigo la aniquilaba. Enseguida pensó: "¿Por qué no ha sido tan generoso cuando se trataba de mí? ¡Cuán pequeñas eran las concesiones que yo le pedía comparadas con las que se impone él mismo! ¿Tanto me odiaba que no quiso concederme nada? Si él hubiera querido, sin embargo, hace veinte años seríamos dichosos y esta hija que se casa podría ser nuestra ... ¡Oh! qué duro, qué ingrato, qué culpable ha sido ... y ¡cuánto le detesto!"
No obstante, no le miraba ya del mismo modo que al principio de la conversación. La ternura que había abrigado por Fortunato debía estar bien arraigada en su corazón, porque, después de tantos años, se encontraban aún vestigios de ella. Así las antiguas ciudades de Oriente, enterradas bajo el polvo de los siglos, y cuyos restos aparecen inmensos á los viajeros y les dan ideado una civilización colosal.
Miraba á Roussel; le encontraba todavía seductor y se exasperaba más y más.
—En fin, dijo, es preciso que arreglemos nuestra respectiva situación. ¿Tú pides la paz?
—La imploro.
—¿Reconoces, pues, que no tienes medio de resistir?
—Lo reconozco, y todo lo que tú quieras por añadidura.
—Así pues, soy yo la que dicta las condiciones del tratado.