—¡Bah! No me ha disgustado pasar por un vividor.
—En fin; todo lo que he hecho en veinte años que hace que te aborrezco, y que te lo pruebo, ¿ha sido perder el tiempo?
—No; porque ha servido para demostrar que no podías olvidarme.
—¡Eres un insolente!
—Y tú eres adorable.
Clementina se había avalanzado hacia él con la cara descompuesta, los ojos inflamados y la mano amenazadora. Fortunato permanecía impasible y sonriente. La solterona le miró un instante con extravío, preguntándose si no era juguete de una pesadilla. Todo cuanto veía y escuchaba hacía un cuarto de hora, le parecía fantástico. Pero Roussel no se desvaneció como una aparición; permaneció en su sitio y con mucha sangre fría dijo:
—Mi querida prima; creo que debes haber agotado las malas palabras; no busques más en tu fondo de reserva, porque sería inútil. Comprende que cuando me he decidido á afrontar tu presencia, es que me sentía seguro de mí mismo. No conseguirás hacerme montar en cólera, porque me importan poco todas las injurias. Renuncia, pues, á provocar un escándalo y resígnate. Estoy aquí y, como dijo un ilustre hombre de guerra, aquí me quedo.
Clementina se vió vencida; arrojó un grito sordo, se le subió la sangre á la cabeza y le pareció que la habitación daba vueltas con extraordinaria rapidez. Extendió los brazos buscando un punto de apoyo y oyó á su enemigo que exclamaba:
—¡Bueno!; ahora una congestión: no faltaba más que esto.
Clementina se desmayó. Cuando recobró el conocimiento, estaba medio tendida en el sofá; el cuerpo de su vestido estaba desabrochado y Roussel tenía cogida su mano y se inclinaba sobre ella con inquietud. Después de veinte años, se encontraban en la misma situación que el día de su rompimiento. Se levantó azorada y dijo con amargura: