—¿Quieres tener la bondad, amigo mío, de enviarme á Herminia y al señor Aubry?...

—No les prevenga usted que estoy aquí, Bobart, añadió tranquilamente Fortunato; quiero gozar de su sorpresa.

Estupefacto por la desenvoltura de Roussel, Bobart consultó á Clementina con una mirada. Ella asintió con la cabeza. Entonces el complaciente primo, adivinando que acababan de ocurrir acontecimientos de extraordinaria gravedad, se lanzó al jardín en busca de los jóvenes esposos. Apenas Fortunato y Clementina tuvieron tiempo de advertir la molestia de encontrarse juntos, porque enseguida entraron Herminia y Mauricio. No fué necesaria presentación alguna. Al ver á Roussel, el novio gritó:

—¡Mi padrino!

Y enseguida Herminia añadió en una exclamación de alegría:

—¡Qué dicha!

Sin pedir explicación alguna, una súbita sospecha hirió á la señorita Guichard como un rayo de luz; pero no tuvo tiempo de reflexionar.

Mauricio, empujando á su mujer hacia los brazos de Roussel se arrojó en los de Clementina.

—¡Ah! mi querida y respetada tía! ¡Cómo agradecer á usted su bondad!... ¡Porque á usted debemos la dicha de ver aquí á mi padrino en este día!

Y la abrazaba con una efusión que no dejaba de tener sus encantos para la solterona. Ésta pensaba volviendo con obstinación á su impresión primera: "Pero, ¿cómo sabe tan bien lo que acaba de pasar entre Fortunato y yo? Y Herminia, ¿cómo no manifiesta sorpresa y exclama de buenas á primeras: ¡Qué dicha!"