Roussel hablaba con Herminia y la señorita Guichard se vió obligada á interrumpir sus reflexiones para escuchar lo que decían:
—Cuando usted sepa, señora, cuánto quiero á este muchacho, comprenderá el deseo que tenía de conocerla ...
—¡Oh! sé lo bueno que usted ha sido para Mauricio ... Me ha contado su infancia ...
He conocido á usted tarde, interrumpió Roussel, que encontraba que la joven no fingía bastante sorpresa, pero espero recuperar el tiempo perdido ... Usted verá que no soy tan áspero como mi acceso de rigor puede haberla hecho creer ... Me arrepiento de él y para hacer que usted olvide la contrariedad que he podido causarle ...
Sacó del bolsillo un paquetito, desenvolvió el papel que le rodeaba y entregó á Herminia un estuche de tafilete blanco con las iniciales H.A.
—He aquí mi regalo de boda ...
La joven abrió la caja y arrojó un grito de admiración, de confusión, de alegría. El estuche no contenía más que dos perlas negras, pero gruesas como avellanas y de un oriente, de una redondez, de un brillo incomparables. Era aquel el regalo elegante, refinado, de un hombre que no procura deslumbrar pero que sobresale sobre todos los demás por la rareza y el gusto de lo que regala.
—¡Oh! señor, dijo Herminia, ¿cómo me atreveré á adornarme con una alhaja de tan gran precio?
—Hija mía, dijo Roussel sonriendo, esa joya no tendrá verdadero valor más que cuando usted se la ponga.
—Habría que recorrer todas las joyerías de París y no se encontrarían otras semejantes, dijo Mauricio examinando los pendientes como artista enamorado de todo lo bello.