La señorita Guichard no pronunció más que una palabra:

—¡Soberbios!

Permaneció pensativa, extrañada del singular acuerdo que revelaban las palabras y las acciones de aquellas tres personas que debían estar violentas al encontrarse juntas y que, sin embargo, parecían unidas por la mayor confianza como si se hubieran visto el día anterior.

La situación pareció tan peligrosa á Roussel, que juzgó conveniente abreviarla, por muy dulce que le resultase este momento, esperado por él durante un mes.

Pero hace mucho tiempo, querida prima, que te estoy sustrayendo á tus convidados, dijo, y añadió con graciosa galantería, inclinándose ante ella:

—¿Qué ordenas ahora á tu servidor?

—¿Qué deseas que yo te ordene? replicó ella con una acritud mal disimulada por su sonrisa.

—Comer con vosotros esta tarde, si me lo permitís.

—Pues bien, ve á ponerte un frac y vuelve á las siete.

—Muchas gracias. Voy á Montretout. Durante mi ausencia tendréis el tiempo necesario de preparar á nuestros parientes y amigos para mi aparición.