El jefe de comedor se presentó y pronunció las importantes palabras:
—¡La señorita está servida!
Entonces Clementina, con aire de reina, se adelantó hacia Mauricio y después, adoptando el ceremonial en uso, dijo en tono imperioso:
—Herminia, toma el brazo del señor Roussel.
Y pasaron en comitiva al comedor, que debía servir por la noche de salón de baile, y que ostentaba en su centro una gran mesa. Un toldo de tela rayada, adornada con plantas verdes, adornaba todo el patio y tres arañas difundían una viva claridad. El mantel estaba resplandeciente de cristalería y de plata; unas guirnaldas de flores serpenteaban alrededor de la mesa y servían de marco á un espléndido servicio de postres de antigua porcelana de la China, que procedía del tío Guichard. Roussel le dirigió una mirada de antiguo amigo; era la única cosa que hubiera deseado de la herencia tan espléndidamente abandonada á su prima.
La señorita Guichard se sentó entre Mauricio y el sabio Truchelet; Roussel á la derecha de Herminia, porque Clementina había adjudicado doblemente la presidencia á las señoras en su persona y en la de su sobrina. Roussel estaba transportado de júbilo: le hubieran colocado en una esquina de la mesa y no hubiera chistado. Se encontraba al lado de Herminia y radiante, rejuvenecido, empezó desde luego á hacer la corte en toda regla á su nuera de adopción.
Siempre había sido amable, con cierto aire florido, un tanto pasado de moda; pero en esta ocasión se excedía á sí mismo y todo en él tendía hacia este fin: agradar á aquella niña, de la que quería hacerse amar. No tenía, por otra parte, grandes esfuerzos que hacer; la puerta que pretendía forzar estaba abierta de par en par para él. Aquel joven corazón se ofrecía con ternura filial y no habla que hacer más que apoderarse de él.
Herminia escuchaba á Roussel con placer no disimulado. Le encontraba galante, gracioso, encantador. Fortunato tuvo la habilidad de hablarle de Mauricio y de referirle episodios de su infancia y con tan agradable historia la tuvo atenta toda la velada. Clementina, separada de ellos solamente por la mesa, no les quitaba ojo. Veía á Roussel desplegar todas sus gracias y pensaba: "No pierde el tiempo para apoderarse de la muchacha; ¡cómo la engatusa! La pobre se dejará coger por sus hermosas palabras, porque no le conoce, pero yo la ilustraré acerca de ese zorro viejo y ella volverá al justo conocimiento de las cosas."
La señorita Guichard escuchaba distraidamente las protestas afectuosas de Mauricio; cuanto el joven le decía era para ella letra muerta. Consideraba su amabilidad como un ardid de guerra y la consideraba nula. Todo lo que Mauricio le hablaba de cariño y de reconocimiento no tenía más efecto que distrerla desagradablemente de la conversación de Roussel con Herminia.
En cuanto á Truchelet, disertó en vano acerca de los epitalamios, porque Clementina no le oía siquiera.